viernes, 30 de agosto de 2013

Textos en espiral VII

VII

Hay rituales que se vienen repitiendo hace años, siglos. Se vuelven parte de nosotros. Las consideramos naturales, casi hogareñas. Pero ¿cómo es que estas costumbres logran perpetuarse? ¿Qué los torna comuniones sociales? No recuerdo quién dijo que, en lo que refiere a los seres humanos, nada es casualidad.
En el siguiente texto intento analizar una de estas costumbres. Se llama  “Preámbulo a las <<Instrucciones para la correcta composición de un discurso con motivo del recibimiento de un premio>>”. Solo puedo esperar que el ensayo no esté contaminado por la arrogancia de su título.

*

El discurso, evento llamativo cuando se lo analiza, es un monólogo escrito con la intención de ser leído en voz alta, frente a un público. Aquellos que se pronuncian a modo de agradecimiento al recibir cualquier distinción, más específicamente, son los que me llaman a escribir el día de hoy.
Al contrario de lo que pueda creerse popularmente sobre estos discursos, los mismos no son ni los más felices, ni los más fáciles de redactar. Claro, de más está remarcar lo ilógico de confiar en la opinión popular en lo que respecta a agradecer por una mención, puesto que si toda la población hubiese pasado por esa situación, el concepto mismo de dar un reconocimiento o un premio a una persona por lo particular de su condición se vería derrotado.
Dicho esto ya, se podría subrayar cuán absurdo e inservible es hablar para agradecer un premio. Primeramente, si una persona quiere expresarle su gratitud a alguien, o incluso a un grupo de personas, lo más sensato y decente sería hacerlo en privado. Esto es enteramente subjetivo, pero nunca le he encontrado sentido al sentimentalismo en público, mucho menos cuando no hay un hecho doloroso justificándolo, puesto que se me aparece como una falta de sobriedad y entereza, pilares sobre los que cualquier discurso debería construirse.
Luego, también es prudente añadir cuan poco sentido tiene “forzar” a una persona a agradecer a aquellos que le brindan un reconocimiento, ya que podría darse el hecho de que, o bien la persona no sea afín a las ideas o modos del grupo que le otorga la mención, o tal vez el sujeto en cuestión no se sienta agradecido en absoluto. ¿Por qué una distinción debe ser siempre motivo de absoluta felicidad? Si un químico hace un descubrimiento fundamental, pero que luego, contra su voluntad, es utilizado como base de armas bélicas, ¿querrá este científico ser premiado por susodicho descubrimiento? Interrogantes de tono filosófico, sin más.
El último, pero no por eso menos válido, argumento en contra de estos banales, y a menudo insípidos, agradecimientos, es el hecho incuestionable de que uno, al agradecer por un premio, esta hablando no sólo de las razones que le valieron dicha distinción, y de los hombres que la hacen, sino también de su persona. Aunque uno hable horas de sus mentores, sus logros, y de cuan agradecido se siente, nunca podrá dejar de hablar de sí mismo.
Oscar Wilde señaló alguna vez, “Man is least himself when he talks in his own person. Give him a mask, and he will tell you the truth.” Me atrevo a corregir a este maestro de la literatura al decir que el hombre no miente cuando habla siendo él mismo, sino que lo hace cuando habla sobre sí mismo. Podría deducirse que la única forma de hablar con la verdad de nuestro lado sería por medio de una máscara. Pero claro, de aquí surgiría la paradoja del hombre que se enmascara para agradecer por un premio que, se supone, es para la persona que se encuentra debajo de ese disfraz. ¿Son ambos la misma persona? ¿Puede agradecer el hombre con la máscara en lugar del verdadero premiado? Más aún, si el hecho por el que se distingue al individuo en cuestión constituye una representación verdadera de su ser, más sincera que cualquier cosa que este pudiese decir (puesto que el ser humano dice con acciones y no con palabras), y la única forma de agradecer dicho reconocimiento con la misma sinceridad sea por medio de una máscara, ¿no es en verdad el hombre disfrazado quien debiera ser premiado? ¿No es él la expresión más sincera de la persona que se premia, a diferencia del mentiroso que se esconde debajo?
No es mi intención aburrirlos con oraciones redundantes e interrogantes que se responden unos a otros, como si fuesen un complicado juego de espejos que refleja las formas hasta el infinito. Lo que me propongo hacer con este breve ensayo es preceder a las pautas para la correcta redacción de un discurso con motivo del recibimiento de un premio; y para lograrlo me he visto obligado, antes que nada, a hacerles saber, si es que alguna vez se hallan en la necesidad de redactar semejante monólogo, cuán inútil sería tal empresa.
Claro que, después de tal argumentación, se preguntarán cómo, luego de señalar con compulsivo detallismo las contradicciones inherentes a estos textos, no me propongo, a fin de cuentas, desautorizarlos completamente. En otras palabras, ¿por qué hacer tanto hincapié en el hecho de que los discursos con motivo del recibimiento de un premio son inútiles, si luego no se añade que, en su conjunto, deberían ser erradicados?¿Qué fuerza misteriosa me impide hacerlo, permitiendo que estas aberraciones sigan siendo pronunciadas?
La respuesta a dichas interrogantes no es una sola, por lo que, para intentar recortar las explicaciones a preguntas que sólo nos alejan de la meta principal de este ensayo, intentaré, en un claro acto de soberbia, responderlas en una sola palabra: hipocresía.
Así es, el motor que mueve este gran esquema de pretensiones e ineficiencias es, previsiblemente, la condición humana más pretenciosa e ineficiente. Los hombres y mujeres premiados sólo agradecen con estas triviales palabras para complacer a la audiencia: para cubrir con un velo de superficialidad al público inocente (en el peor sentido de la palabra); el mismo público que pide a gritos, que demanda, que exige que este ritual continúe hasta la eternidad, constituyendo el círculo vicioso más triste de todos, que es aquél en el que se cae por voluntad propia, y del que no se elige salir jamás.
Es que, claro, las masas, y he aquí el centro de esta cuestión, aman ver como personas que son mejores que ellos hacen lo que ellos mismos harían de encontrarse en la situación de ser premiados: agradecer con un discurso patéticamente emotivo.
Y así es que se sigue pronunciando estos monólogos, indefectiblemente, y por esta razón es que no intento disuadir a mis pares de hacer lo mismo: por el simple hecho de haber comprendido, finalmente, que estos agradecimientos no tienen nada que ver con quién habla, sino que son enteramente para el público; el pueblo, en cierta manera. Y como sabemos, son las masas las que ostentan el poder; las que perpetúan rituales sin sentido, costumbres tácitamente entendidas, que resulta baladí intentar cuestionar, e incluso comprender completamente. Es por este simple, aunque monolítico hecho, que en el mundo triunfa la barbarie y no la sensatez; que el imperio más recordado no es el brillante pueblo griego, sino la grotesca y sangrienta estirpe romana. Es por esta demagogia de las masas, si se puede llamar así, que el héroe por excelencia no es el sabio, sino el mendigo; que la frase latina más emblemática no es quod erat demonstrandum, sino vox populi. Y es esta la insolencia universalizada que permite, o mejor dicho, que asegura que estos discursos sigan siendo pronunciados.

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