lunes, 2 de junio de 2014

Un alma y qué hay detrás

"La puerta es la que elige, no el hombre"

"Cuenta la historia de un hombre que espera frente a un pórtico cerrado. Pasan los años, y él continúa en su sitio, imperturbable. Llega el día en que la puerta finalmente se abre. Sin mirar más allá del marco, se retira."
Este relato no está constituido por una única historia. Como mínimo son dos. La del individuo importa poco, pero la de la puerta es más indescifrable. ¿Qué la lleva a actuar como lo hace?

Una puerta solo existe cuando está cerrada. Al abrirse se desvanece su esencia; pasa a ser un marco. Un vacío. El universo tiende a llenar los vacíos con un sentido nuevo. Esta no es la excepción. Trágica suerte la de la puerta: el universo no le guarda ningún reparo una vez abierta. La desnuda sin tocarla. Cuando revela lo que encierra, a la vez revela que su sentido era tan frágil como aquello. Solo un instante. Le damos tanto poder a las puertas cuando están cerradas. Encarnan el peso de lo que encierran. Al abrirse se convierten en un paso. 
El hombre que cruza su umbral tampoco vuelve a ser el mismo; lo que hay dentro lo trasciende y lo transforma. Develar el misterio también a él lo desnuda. Él también, como ella, se devela. Quizás sea eso lo que nos conmueve: que la verdadera magia de atravesar una puerta sea desprendernos de la persona que ya no somos. Como de un fantasma.
Maldita la puerta que se abre ante el hombre para dejar de ser. Maldito el hombre que abre la puerta para dejar de ser quien es. Me consuelo al pensar que ninguno de los dos conoce su condena.
...

Es difícil creer que perdonar sea divino. Lo verdaderamente divino es el castigo. Perdonar a alguien es redimirlo del infierno de nuestra memoria. Olvidarlo. El cielo es igual para todos, sí; pero cada castigo se hace a nuestra imagen y semejanza. Dios nos recuerda en nuestros errores y nos olvida en su misericordia. A su derecha está, indefectiblemente, el diablo. Nadie le significa más

...

Se nos condena a una eternidad compartida, de mutua vigilancia e ineludible consciencia. Una prisión kafkiana, de dos Sísifos empujando la misma piedra, oponiendo fuerzas. Dios de un lado y yo del otro. Como si estuviéramos en lados opuestos de una misma puerta, es cierto. Tal vez Dios no sea más que una puerta que nos observa, serena. Por siempre.
Que quede claro: el infierno no es la puerta, el infierno es observarla. Dios no es más que un vehículo. El infierno somos nosotros ¿Pero qué hay detrás de la puerta, entonces? Me aterra pensar que todos tenemos nuestra íntima sospecha.

sábado, 24 de mayo de 2014

La nueva Babel









































(Parque de la Ciudad)

...



Presta, la homérica torre,
a reír de la nuestra,
tan ínfima existencia,
frente a su helado porte.

Con instintos en guerra,
el soldado incansable.
al tirar de cada cable
cree girar la tierra;

y su fragilidad eterna
engaña la mente.
Es pasado y presente;
ese tiempo es de arena.

Una cadencia disfraza;
a través de su sombra
proyecta y no nombra
la hora señalada

del colapso y la ruina;
del gran escarmiento.
Con su último aliento
desata nuestros días.

En este testamento,
con su Babel moderna,
cuando caigan las piedras,
¿qué idioma hablaremos?

El castigo fue dicho,
incomprensión maldita;
la lengua da y quita
al hombre un capricho.

Por aquella última torre
Dios soltó nuestra mano.
¿Qué pena impondrá esta vez
si ya nos quitó lo humano?


martes, 17 de diciembre de 2013

Fuimos uno

Fue al final que me di cuenta,
cuando había acabado todo,
que fuimos uno, vos y yo;
que sí fuimos uno solo.

Pero no como todos buscan,
no como nos habría gustado.
Me desgarra pensar hoy
que fuimos un espejo humano.

Que sufrimos en simultáneo
esta pena que devana;
la mirada buscando incansable
lo que el cuerpo le reclama.

Yo callé y vos también
y fue esa nuestra condena.
Nunca supimos del espejo
que como un río de arena

simulaba el movimiento,
pantomima descosida,
cuando en verdad estaban
congeladas nuestras vidas.

Congeladas en un instante
de anhelo insostenible.
Éramos a la vez los dos
viajero y dorada esfinge.

Ambos podríamos haber roto
aquel hechizo de silencio.
Dos penas hechas un cuerpo,
pero lo fuimos sin saberlo,

y lo fuimos más que nadie,
pues como vos, yo así quería.
Vos, como yo, anhelabas,
y yo, como vos, moría.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Canciones sin música II

Ojos de piedra
¿Qué era? Era una estatua;
pero sé que estaba viva.
Pero no respiraba,
tal vez solo dormía;

o tal vez callaba,
nos callaba y reía.
Tantos años mirando
y tan pocos de vida.

Le pregunte lo que pude.
¿Hacía cuánto que era piedra?
¿Hacía cuánto que la cubrían
esos harapos de hiedra?

Pregunté y no respondió,
tan solo me desafiaba.
Intenté tocarle el rostro
y desvió la mirada.

Yo también me sentía de piedra
frente a su enorme quietud.
Sacrilegio mover los brazos;
sacrilegio quebrar su luz.

Su piel tan gris y pura
encandilaba la vista.
Me quemaban las pupilas
sus labios faltos de vida.

Y reí y después callé,
como ella siempre lo hacía;
me llenaba de terror
su pelo de mitología.

Corrí. Corrí hasta vomitar.
Corrí con piernas de roca.
Hasta donde había ruido y gente,
allí donde la dicha era poca.

Miento otro final
Rasguñando la memoria
sin saber cómo empezó.
Caminándote despacio
girando a tu alrededor.

Sé que ya no queda nada
en el resquicio de tu mirada.
Tropezándonos los dos
pensando en algo mejor.

Hubo un quiebre, hubo un fin
y el silencio se apodera;
me retuerzo sin gemir
buscando alguna manera.

De hacerte comprender
que soy todo lo que puedo.
Una niebla imaginaria
me estrangula entre sus dedos.

Y no se puede hablar
sin siquiera respirar,
y a mí me persiguen las sombras.
Esperando que me lleves
sin mirar atrás.
Me habrás mentido una vez más.

No puedo disimular
lo que me pedís que sea.
Me quema el roce de tus dedos
y el de tu falsa entrega.

Máscaras de cuerda
animando nuestros gestos;
no recuerdo en qué momento
creí que querías esto.

Y ahora no soy quien
para correr de vos,
porque somos culpables los dos.
Tal vez la verdad nos lleve
a mirar atrás,
o tal vez mienta otro final.

Y no sé quién
de los dos perdió,
a quién lo embriagó el dolor.
Simulando una partida
que no va a llegar;
me habrás mentido una vez más.

lunes, 28 de octubre de 2013

La teoría del caos

Los policías llegaron y encontraron el cuerpo tirado en el piso. La carta descansaba sobre la mesa. Afortunadamente no tenía manchas de sangre: la cabeza del anciano había rebotado en el otro extremo del mueble antes de caer.

Transcripción de la carta, con anotaciones cuando haga falta.


“Supongo que esta es una carta de desesperación.

[Largo espacio en blanco]

María, mi amor, perdiste la vida esta mañana. Los hechos son confusos; no por ser desconocidos ni mucho menos complejos, pero son confusos por parecer inofensivos, casi triviales al examinarlos individualmente. Hoy te levantaste de la cama, de nuestra cama, alrededor de las siete de la mañana, mucho más temprano que de costumbre. Hacía mucho frío y el sol ni había amenazado con asomarse. Yo seguía preso de las sábanas mientras te sentía deambular por la cocina, y para cuando decidí levantarme ya tenías todo listo. Tan natural en vos; digo, esa costumbre y exigencia de tener todo perfecto y ordenado. Angelical. Acá es donde, mi amor, yace la cuestión principal de esta tragedia: aquella que me inunda de pena; aquella que seguramente atormentará esta casa por el resto de los días.
Como bien sabés, la tarea de comprar el diario es habitualmente mía. Siempre lo fue. Pero por alguna razón, esta mañana algo en mí rogó romper la inercia, acabar con esa costumbre ridícula. Ya sé, suena pequeño, tonto. Hasta me avergüenza contarlo ahora. Pero igualmente te pedí a vos que cruzaras a comprarlo. Naturalmente accediste. Siempre con esa necesidad de complacer a los demás. Además algo tan ínfimo. Comprar el diario. Claro, podrías haberme dicho que no; pero no lo hiciste. Hacía mucho frío esta mañana, qué necesidad la tuya de hacerme caso, María. No es que quiera culparte, claro, pero me hubieras ahorrado tanta pena.
Aquí es cuando las cosas comienzan a escapar a mi humilde lógica.
Comprendo, sí, pero solo ahora, que la rutina representaba algo con lo que yo no podía vivir, pero que temía demasiado abandonar. [Múltiples oraciones tachadas, todas variaciones de la siguiente frase] Como si me aterrase el pensamiento de que otra persona pudiera encontrarla tirada por ahí y quisiese usarla en mi contra, ¿entendés? [Subrayado en el texto original] Por eso abracé esta pequeña rebeldía con tan insensata emoción. Hoy no iba a comprar el diario. No, no había ganado la guerra contra la cotidianidad, pero creí haber triunfado por lo menos en esta batalla. Hasta que escuché el grito.

[Garabatos ilegibles]

Tu grito.

Estimados policías o detectives o persona que haya de encontrar este patético testimonio: hoy a la mañana un hombre perdió el control de su vehículo unos metros antes de pasar por el frente de mi casa. El auto subió a la vereda, volcó por acción de un banco público, y aplastó a una María inmóvil, a una María a la que le gustaban los helados de frambuesa y las películas lacrimosas [sic]. A mi María. Mi objetivo no es darles pena, en absoluto. Lo que busco al plasmar en papel el último día de mi esposa es, en cierta forma, revivirla. Después de todo, y en lo que a este relato respecta, yo soy Dios todopoderoso, dueño de esta pluma y esta palabra;  de este papel y de su historia. ¿Por qué no habría de poder modificarla? Tranquilamente podría rescatarla en estas líneas. Podría escribir cómo a último momento ella supo esquivar milagrosamente el auto. Cómo en el hospital lograron salvarla de una muerte casi segura. Podría hacerlo; se me aparece como una manera de rescatar, por lo menos, una parte de [“nuestra” tachado] su alma.

Pero no, es todo una farsa.

[Los siguientes dos párrafos tienen múltiples borrones y tachaduras que no tiene sentido transcribir cada vez. Escritura tortuosa y apresurada]

A la larga comprendemos que la verdad se puede doblar, exagerar o incluso olvidar. Pero si hay algo que no puedo hacer ni siquiera investido por la gracia divina que me otorgan mi lapicera y este papel, es cambiarla. La verdad es que mi esposa está muerta. Sí, María está muerta. María está muerta y yo creo haber perdido la cordura. Veo a Troya caer, veo a Ulises llegando a la montaña del purgatorio y muriendo bajo ella. ¿O acaso era Dante? No, Dante es quien lo encuentra, pero yo no soy él, yo soy Ulises, y agonizo. La culpa me carcome y sé que me estoy volviendo loco, pero siento que hay algo detrás de todo esto. Algo casi tenebroso, digno de estos mitos griegos con los que trato de legitimar la tragedia que destrozó mi vida. Tal vez la misión de este texto no sea salvarte. Ahora adivino en tu muerte un esbozo, apenas un retazo del gigantesco tablero en el que todos somos a la vez espectador y pieza. Tal vez, y sólo tal vez, mi objetivo sea descifrar lo que estos sucesos representan. Después de todo, no puede ser una casualidad que a vos, María, que hacías de tus planes y rituales diarios la razón de tu vida, te haya aplastado la tragedia en el acto preciso de modificarlos. No, imposible verlo como un hecho azaroso. El mensaje, entonces, no podría ser más claro: “Acá estoy, olvidarlo no puedes” [sic] bramó ese orden divino que, por más que lo odiemos, rige las existencias. Pero eras tan inocente, y yo me culpo por tu muerte. Y no con esa culpa vacía de quien dice que podría haber hecho más pero no lo cree realmente, sino con la desazón demoledora de quien verdaderamente se cree actor necesario de una desgracia. Visto desde afuera, parece causalidad y no casualidad que yo te haya pedido, justamente hoy, que trajeras el diario a casa. No culparía a un espectador por sospechar de mí. Tampoco me tranquiliza saber que fue el gran esquema de las cosas poniéndonos a prueba. Yo soy parte de ese universo. Vivo en el universo que te mató. Ergo, yo te maté [Subrayado furioso]

Ahora tengo una teoría de este caos: hay un plan maestro ahí fuera. Claro que a veces no podemos verlo; pero en ocasiones nos permite espiar por una cerradura e intentar descifrar lo que hay del otro lado. Somos todos como engranajes, que se agrietan al no soportar la presión. Vos y yo no pudimos soportar la presión. ¿Me seguís, María? ¿Y vos, lector? La analogía es aplastante, tan aplastante y cristalina que no puedo evitar preguntarme si es ese el mensaje realmente.

[Garabatos ilegibles con posibles continuaciones tachadas. Se puede distinguir un “no me engañan”, también tachado, en un margen]

Es que todo indicaría que sí; pero es sabido que el universo no juega con mi lógica. Esto me obliga a articular una conclusión mucho más aterradora y egoísta… el castigado fui yo. Quise desafiar a la rutina, a ese esquema de mármol, y me quitaron lo que más quería. Fuiste el mero instrumento de un castigo vil y desmesurado que me deja acá, tan solo y tan insoportablemente culpable; no sólo por sentirme artífice del final, sino también por reconocer la envidia que me provoca tu muerte inocente y útil. Todo tan limpio, tan racional y caótico a la vez. Debo decir que si Dios no existe, lo disimula bastante bien. Porque yo sé que esto fue planeado de antemano. Estoy convencido de que fuiste brutalmente asesinada; aniquilada por el único ente al que no me atrevo a culpar: el universo. Es que como dije, al hacerlo tendría que incluirme como un cómplice más en esta tragedia. Fuimos vos y yo, lector, quien quiera que seas. Yo y vos [sic] tenemos las manos manchadas de sangre. Todos. Todos piezas clave de un plan maestro; invisible, excepto para la mente, divina o diabólica, que lo ideó. Esta es una carta de desesperación. Mi desesperación habita en dos palabras y una pregunta: ¿Por qué? Por qué yo, por qué vos, por qué hoy. Me siento diminuto frente a una verdad tan inmensa como inescrutable. Lo único que puedo hacer es dejarlo vencer, y permitirme soñar que por el resto de la eternidad vos y yo vamos a vivir para siempre, a vivir así como morimos hoy. Te amé como ["también" tachado] solo una persona irracional puede amar.
Tal vez sea este suicidio la única oportunidad que tenga de decidir algo por mí mismo. Seguramente no, pero me reconforta mi engaño.”



Los policías estaban visiblemente consternados. El informe declaraba que la anciana había muerto en el acto producto del accidente de tránsito, y que su esposo se había suicidado a las dos horas. Al entregarlo ambos se miraban, como sintiéndose extrañamente culpables. Los comprendí al leer la carta.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Canciones sin música

Roja la vida

Sopla el viento con olor a hielo;
sopla el viento con olor a redención.
¿Qué hay detrás del momento en que das todo lo que tenias?
¿Sería mucho pedir algo por que luchar?

Por tantas cosas dije que moriría
y ya no recuerdo.
Da vergüenza pensar
en las promesas que no fueron verdad.

El abrazo helado de la nieve no me deja ir.
La mejor amante, perdona que la tuve que herir
fabricando agujeros, que eran lagunas de muerte,
y roja la vida, fluía hacia el mar.

Por tantas cosas dije
que algún día volvería,
y ahora solo son fotos,
historias de papel.

Un pie detrás del otro
y la muerte queda atrás.
Un pie detrás del otro
me acercan al final.

No sé si tuve otra vida
que aquella en que todo es obedecer.
Es tonto, pero ya lo entregue todo
por cosas que no recuerdo bien.

El frío congela el alba.
No sé cuál es mi destino, pero lo pienso encontrar hoy.
Sopla el viento con olor a redención.
¿Cuántos pueden decir que se conocen como yo?

Desaparecen los días,
se desdobla el tiempo.
Todo se condensa
en un instante crucial.

¿Cumpliré la promesa de volver
a quienes ya no conozco?
O se hará justicia y moriré,
y la vida fluye al mar.


*

El hijo de las sombras

Soy la vergüenza que mata;
que quema y que atrapa.
La comida de las ratas,
el silencio que callás.

Soy todas las cosas que quedan
detrás de la humareda
de lo que prometiste
y no podés pagar.

Soy la dama que va de blanco,
cuando sabe hasta el hartazgo
lo que en la habitación
no se puede perdonar.

Y a vos te consume el miedo,
no de mí y no de esto,
sino de lo bien que te sentís;
y yo soy el mejor maestro.
Vivo dando el ejemplo
de lo fácil que es ser así.

Soy una cárcel de huesos.
Un guerrero de yeso
que grita y se proclama
como el mejor.

Soy un poeta muerto,
al que se le caen los versos
intentando que le crean
lo que no es verdad.

Y este es el camino que elijo;
no recuerdo quién lo dijo,
quién aconsejó que el corto es el mejor;
y vos te acercás a mi suerte.
Tranquila, que no duele la muerte,
cuando pasa el frío ya no hay qué temer.

Doy contestaciones perfectas.
Tengo todas las respuestas
cuando en realidad
no sé ni qué preguntás.

Desaparezco, soy
el hijo de las sombras.
Ese mal que nadie nombra
y que todos temen y aman por igual.

jueves, 10 de octubre de 2013

Tanto muere el General

Es fácil adivinar que este poema está inspirado en la novela "El General en su Laberinto", de Gabriel García Márquez. Creo que más que una novela histórica, esta obra es una gran caracterización; una descripción colosal y porosa de un personaje -Simón Bolívar- que ya por nuestros tiempos ha adquirido el carácter de mito.
Pero, además de eso, este libro es una gran tragedia, que refleja el desamparo colosal de un hombre agobiado por sueños que íntimamente sabe que ya no podrá cumplir.

No hay nada más desolador.


...

Tanto muere el General,
mil veces y una más.
Ya no quedan más remiendos
para hacerle a su recuerdo.

Está todo dispuesto
para un martirio noble;
un martirio orquestado,
y solo así ser salvado.

Rescatado de la ruina
de su enorme grandeza.
Se parten ya las espaldas,
de la historia y de su alma.

Todos menos el General
saben que ya se aproxima
el tiritante final de sus días,
tan solo otra batalla perdida.

Lo llorará el continente
que también clavó la daga,
de no ser jamás una sola
Nación hermana, alma toda.

El General toca los muros:
lo apresan; se deslizan.
Los roza y le lloran bajito;
solo en el alma están los gritos.

El General en su laberinto
de cabos sueltos, ya fríos.
De delirios sin calma
y de infinitos fantasmas.

Un laberinto de rosas.
Un laberinto inmenso y triste
que fue hecho con el acero
de lo que él creyó verdadero.

Una condena suicida
es tanto más desesperada:
el General murió por lo que amó
y que a él ya no lo amaba.