domingo, 25 de agosto de 2013

Textos en espiral I

Nada empieza o termina realmente. Hay espejismos de finales, y simulacros de comienzos; ilusiones de un futuro, y caricaturas del pasado. Las denuncio, pero no las detesto. Al contrario: las necesito, como el resto de nosotros. Las necesito para introducir, a la fuerza, al menos algo de orden en este inmenso caos.
Aún así, no puedo evitar preguntarme qué ocurriría si estos artificios vitales fuesen, por decirlo de alguna forma, desactivados. Si pudiese ver la vida en la muerte, y la muerte en la vida.
Esta serie de textos son una celebración de esta maquinaria imparable y amoral que percibimos inocentemente, y que llamamos realidad.


I

"Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo"
Jorge Luís Borges

Ya no recordaba cuánto tiempo había pasado desde su entrada a aquella habitación. Una hora, dos tal vez; podrían haber sido diez minutos y no le haría diferencia alguna. El punto era que ya había transcurrido más tiempo del que estaba previsto, y eso lo irritaba sobremanera.
Enriqueto Gómez (sí, Enriqueto) era una persona a la que le gustaba tener todo bajo control. Los datos y las circunstancias tenían que ser precisas, los horarios respetados a rajatabla. No importaba si el trámite se había demorado media hora o tres días. Estaba demorado, y con eso era suficiente.
Desmenuzó la habitación que lo apresaba, como lo había hecho ya innumerables veces, deteniéndose en cada detalle. Al menos esta era una manera de hacer pasar el tiempo. Enriqueto disfrutaba criticar, y por sobre todo reír y burlarse, de las decoraciones pobres y de los lugares mal mantenidos. Aquél entorno lo hizo soltar carcajadas. El papel tapiz que intentaba cubrir la mayor parte de las paredes era del peor gusto imaginable, gris y con un patrón de tortugas en diagonales que ameritaban, como mínimo, la pena de muerte para su creador y para quienes lo habían pegado allí.
Luego, la vista se desviaba hacia la mesita que presidía la habitación desde el centro, aparentemente inútil, ya que el trámite supuestamente se realizaba en la siguiente habitación. Este mueble no era particularmente horrendo, pero la falta absoluta de carisma lo convertía en el objeto más aburrido que Enriqueto hubiese visto jamás. Su presencia no agregaba absolutamente nada a la habitación, a la vida de Enriqueto, o al Universo en general. En un momento nuestro protagonista llegó a dudar incluso de su existencia, por parecerle esta mesa demasiado insípida como para ser real. Aún así, llegó a la conclusión de que existía, ya que sino las revistas que sostenía habrían caído al suelo.
El señor Gómez se levantó del silloncito de cuero gastado, opaco y polvoriento que ocupaba, y se acercó a la ya mencionada mesa. Pretendía hojear un poco las revistas, para ver si el tiempo pasaba un poco más rápido. Ya se estaba impacientando, y para colmo la habitación no tenía reloj, y él había olvidado el suyo en la oficina, por lo que no podía saber con exactitud cuánto tiempo había perdido ya ahí adentro.
Se sorprendió al leer las noticias de una de las publicaciones. Demasiados actores estaban saliendo nuevamente con sus antiguas parejas. “Será una nueva moda”, pensó Enriqueto, que poco sabía de los vaivenes de la farándula, excepto por lo que escuchaba de su esposa. Casualmente posó su mirada en la parte inferior de una de las páginas, y notó que la revista tenía ya un par de años. Consternado, Enriqueto pasó a inspeccionar las demás, descubriendo que todas eran de aproximadamente cuatro o cinco años atrás. Esto enfureció a nuestro protagonista, ya que además de ser un esclavo del orden, la limpieza, el buen gusto y el control absoluto, por sobre todas las cosas el señor Gómez amaba la funcionalidad. Y no le veía ninguna razón o sentido a colocar revistas viejas en una sala de espera. No informaban, no divertían, no entretenían, y no hacían que el tiempo pasase más rápido.
Para este punto, sus cachetes ya estaban violetas, como solía ocurrir cuando algo lo estresaba. Enriqueto detestaba este rasgo particular de su cariz, ya que lo hacía sentir muy avergonzado. Esto, a su vez, hacía que su cara se pusiese más púrpura aún, y así este hombre entraba en uno de los círculos viciosos que más detestaba.
Pero esta vez fue diferente, ya que le bastó con un rápido escrutinio de su entorno para recordar que se encontraba completamente solo en aquella habitación, por lo que no tenía nada de que avergonzarse. Nadie lo estaba mirando.
Aunque esta última certeza lo tranquilizó por un segundo, luego despertó un interrogante que se le hacía familiar, como si ya se hubiese preguntado exactamente lo mismo unos minutos antes: ¿por qué era la única persona en esa habitación? Si hacia tanto tiempo que estaba esperando, ¿cómo no se había acumulado un grupo de personas junto con él? Además, ¿qué pasaba con la persona que lo precedía? Nunca la había visto, y tampoco comprendía qué podía tomarle un rato tan largo.
Un rato tan largo era un decir, claro está, porque la ausencia de relojes no le permitía saber con seguridad cuánto tiempo había pasado realmente desde que había llegado allí.
De la nada, un pensamiento filoso cruzó su mente. ¿Había, realmente, entrado en algún momento en esa habitación? No podía recordar el momento con precisión, eso era seguro. Aún así, era absurdo pensar que no había entrado nunca. Sino, no se encontraría allí, ¿no es cierto? Hizo un último esfuerzo por rememorar su ingreso a aquél pequeño sitio, pero, para su terror, no pudo recordar siquiera un mínimo hecho de su vida anterior a esa habitación. Pensó en su trabajo, si es que tenía uno, en sus pasiones; incluso el nombre de su esposa escapaba a su mente. Con cada memoria que se le escurría como arena entre los dedos, la opresión que ejercían las cuatro paredes que lo rodeaban crecía, hasta llegar a puntos insoportables. El clímax de su ataque de pánico llegó cuando se dio cuenta de que la única puerta de la habitación era la que tenía enfrente; la que lo separaba del bendito trámite. ¿Y él por dónde había entrado? Tal vez él no estuviese allí para un trámite, como pensaba. Tal vez lo habían secuestrado; o algo incluso peor. El pánico empezaba a dominarlo.
Enriqueto estaba ya a punto de desmayarse cuando se abrió la puerta de la habitación:
“¿Se encuentra usted bien?”, inquirió, sorprendida, la empleada pública.
“Eh…sí, perfectamente”, respondió el señor Gómez, mientras secaba el sudor de su frente y agradecía al cielo por esta aparición tranquilizadora.
“Adelante entonces, ya es su turno”
“Muchas gracias”. Luego, nuestro protagonista agregó, “disculpe, pero, ¿no sabe si podrían conseguir revistas más actuales? Así me entretengo un poco”
“No se preocupe, las única revistas viejas son las de esa habitación. Estas las acaban de traer”.
Mucho más relajado, Enriqueto ingresó a la siguiente habitación. Pero, para su enorme sorpresa, esta era una copia idéntica de la anterior. Cuando quiso preguntarle el por qué a la mujer que lo asistió, cayó en la cuenta de que ella ya no se encontraba allí. ¿A dónde se había ido? El cuarto al que había entrado no tenía puertas, exceptuando la que le había permitido ingresar.
Confundido, cerró la puerta. Se arrimó al silloncito que se encontraba del otro lado de la habitación, mirando hacia donde él estaba, pero no sin antes pasar por la insípida mesita que presidía la habitación. Inspeccionó las revistas, y efectivamente, para su espanto, eran de hacia cuatro o cinco años. Se sentó en el sillón de cuero gastado, completamente aterrado, y sin saber si alguna vez lograría salir de ahí. Lo que le ocurría debía ser un sueño, una pesadilla.

Pero no, él nunca podría soñar un papel tapiz tan feo. Ni tampoco una mesa tan carente de carisma. ¿Cuánto tiempo había pasado desde su llegada, después de todo? La pared no tenía reloj, y él se había olvidado el suyo en la oficina…

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