Nada empieza o termina realmente. Hay
espejismos de finales, y simulacros de comienzos; ilusiones de un futuro, y
caricaturas del pasado. Las denuncio, pero no las detesto. Al contrario: las
necesito, como el resto de nosotros. Las necesito para introducir, a la fuerza,
al menos algo de orden en este inmenso caos.
Aún así, no puedo evitar preguntarme qué
ocurriría si estos artificios vitales fuesen, por decirlo de alguna forma,
desactivados. Si pudiese ver la vida en la muerte, y la muerte en la vida.
Esta serie de textos son una celebración de esta
maquinaria imparable y amoral que percibimos inocentemente, y que llamamos
realidad.
I
"Si
el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es
infinito estamos en cualquier punto del tiempo"
Jorge
Luís Borges
Ya no
recordaba cuánto tiempo había pasado desde su entrada a aquella habitación. Una
hora, dos tal vez; podrían haber sido diez minutos y no le haría diferencia
alguna. El punto era que ya había transcurrido más tiempo del que estaba
previsto, y eso lo irritaba sobremanera.
Enriqueto
Gómez (sí, Enriqueto) era una persona a la que le gustaba tener todo bajo
control. Los datos y las circunstancias tenían que ser precisas, los horarios
respetados a rajatabla. No importaba si el trámite se había demorado media hora
o tres días. Estaba demorado, y con eso era suficiente.
Desmenuzó la
habitación que lo apresaba, como lo había hecho ya innumerables veces,
deteniéndose en cada detalle. Al menos esta era una manera de hacer pasar el
tiempo. Enriqueto disfrutaba criticar, y por sobre todo reír y burlarse, de las
decoraciones pobres y de los lugares mal mantenidos. Aquél entorno lo hizo
soltar carcajadas. El papel tapiz que intentaba cubrir la mayor parte de las
paredes era del peor gusto imaginable, gris y con un patrón de tortugas en
diagonales que ameritaban, como mínimo, la pena de muerte para su creador y
para quienes lo habían pegado allí.
Luego, la
vista se desviaba hacia la mesita que presidía la habitación desde el centro, aparentemente
inútil, ya que el trámite supuestamente se realizaba en la siguiente
habitación. Este mueble no era particularmente horrendo, pero la falta absoluta
de carisma lo convertía en el objeto más aburrido que Enriqueto hubiese visto
jamás. Su presencia no agregaba absolutamente nada a la habitación, a la vida
de Enriqueto, o al Universo en general. En un momento nuestro protagonista
llegó a dudar incluso de su existencia, por parecerle esta mesa demasiado
insípida como para ser real. Aún así, llegó a la conclusión de que existía, ya
que sino las revistas que sostenía habrían caído al suelo.
El señor
Gómez se levantó del silloncito de cuero gastado, opaco y polvoriento que
ocupaba, y se acercó a la ya mencionada mesa. Pretendía hojear un poco las
revistas, para ver si el tiempo pasaba un poco más rápido. Ya se estaba
impacientando, y para colmo la habitación no tenía reloj, y él había olvidado
el suyo en la oficina, por lo que no podía saber con exactitud cuánto tiempo
había perdido ya ahí adentro.
Se sorprendió
al leer las noticias de una de las publicaciones. Demasiados actores estaban
saliendo nuevamente con sus antiguas parejas. “Será una nueva moda”, pensó
Enriqueto, que poco sabía de los vaivenes de la farándula, excepto por lo que
escuchaba de su esposa. Casualmente posó su mirada en la parte inferior de una
de las páginas, y notó que la revista tenía ya un par de años. Consternado,
Enriqueto pasó a inspeccionar las demás, descubriendo que todas eran de
aproximadamente cuatro o cinco años atrás. Esto enfureció a nuestro
protagonista, ya que además de ser un esclavo del orden, la limpieza, el buen
gusto y el control absoluto, por sobre todas las cosas el señor Gómez amaba la
funcionalidad. Y no le veía ninguna razón o sentido a colocar revistas viejas
en una sala de espera. No informaban, no divertían, no entretenían, y no hacían
que el tiempo pasase más rápido.
Para este
punto, sus cachetes ya estaban violetas, como solía ocurrir cuando algo lo
estresaba. Enriqueto detestaba este rasgo particular de su cariz, ya que lo
hacía sentir muy avergonzado. Esto, a su vez, hacía que su cara se pusiese más
púrpura aún, y así este hombre entraba en uno de los círculos viciosos que más
detestaba.
Pero esta vez
fue diferente, ya que le bastó con un rápido escrutinio de su entorno para
recordar que se encontraba completamente solo en aquella habitación, por lo que
no tenía nada de que avergonzarse. Nadie lo estaba mirando.
Aunque esta
última certeza lo tranquilizó por un segundo, luego despertó un interrogante
que se le hacía familiar, como si ya se hubiese preguntado exactamente lo mismo
unos minutos antes: ¿por qué era la única persona en esa habitación? Si hacia
tanto tiempo que estaba esperando, ¿cómo no se había acumulado un grupo de
personas junto con él? Además, ¿qué pasaba con la persona que lo precedía?
Nunca la había visto, y tampoco comprendía qué podía tomarle un rato tan largo.
Un rato tan
largo era un decir, claro está, porque la ausencia de relojes no le permitía
saber con seguridad cuánto tiempo había pasado realmente desde que había
llegado allí.
De la nada,
un pensamiento filoso cruzó su mente. ¿Había, realmente, entrado en algún
momento en esa habitación? No podía recordar el momento con precisión, eso era
seguro. Aún así, era absurdo pensar que no había entrado nunca. Sino, no se
encontraría allí, ¿no es cierto? Hizo un último esfuerzo por rememorar su
ingreso a aquél pequeño sitio, pero, para su terror, no pudo recordar siquiera
un mínimo hecho de su vida anterior a esa habitación. Pensó en su trabajo, si
es que tenía uno, en sus pasiones; incluso el nombre de su esposa escapaba a su
mente. Con cada memoria que se le escurría como arena entre los dedos, la
opresión que ejercían las cuatro paredes que lo rodeaban crecía, hasta llegar a
puntos insoportables. El clímax de su ataque de pánico llegó cuando se dio
cuenta de que la única puerta de la habitación era la que tenía enfrente; la
que lo separaba del bendito trámite. ¿Y él por dónde había entrado? Tal vez él
no estuviese allí para un trámite, como pensaba. Tal vez lo habían secuestrado;
o algo incluso peor. El pánico empezaba a dominarlo.
Enriqueto
estaba ya a punto de desmayarse cuando se abrió la puerta de la habitación:
“¿Se
encuentra usted bien?”, inquirió, sorprendida, la empleada pública.
“Eh…sí,
perfectamente”, respondió el señor Gómez, mientras secaba el sudor de su frente
y agradecía al cielo por esta aparición tranquilizadora.
“Adelante
entonces, ya es su turno”
“Muchas
gracias”. Luego, nuestro protagonista agregó, “disculpe, pero, ¿no sabe si
podrían conseguir revistas más actuales? Así me entretengo un poco”
“No se
preocupe, las única revistas viejas son las de esa habitación. Estas las acaban
de traer”.
Mucho más
relajado, Enriqueto ingresó a la siguiente habitación. Pero, para su enorme sorpresa,
esta era una copia idéntica de la anterior. Cuando quiso preguntarle el por qué
a la mujer que lo asistió, cayó en la cuenta de que ella ya no se encontraba
allí. ¿A dónde se había ido? El cuarto al que había entrado no tenía puertas,
exceptuando la que le había permitido ingresar.
Confundido,
cerró la puerta. Se arrimó al silloncito que se encontraba del otro lado de la
habitación, mirando hacia donde él estaba, pero no sin antes pasar por la
insípida mesita que presidía la habitación. Inspeccionó las revistas, y
efectivamente, para su espanto, eran de hacia cuatro o cinco años. Se sentó en
el sillón de cuero gastado, completamente aterrado, y sin saber si alguna vez
lograría salir de ahí. Lo que le ocurría debía ser un sueño, una pesadilla.
Pero no, él
nunca podría soñar un papel tapiz tan feo. Ni tampoco una mesa tan carente de
carisma. ¿Cuánto tiempo había pasado desde su llegada, después de todo? La
pared no tenía reloj, y él se había olvidado el suyo en la oficina…
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