Hace un tiempo visité el Museo del Inmigrante, cerca del puerto, y lo que más me sorprendió fueron los retratos de los que acababan de desembarcar y se establecían ahí hasta que supiesen qué hacer con su alma. En esas fotos se ven caras que intentan sonreir, pero que terminan mostrando algo mucho más profundo y contradictorio. La ilusión de una nueva vida en los ojos, pero a su vez las marcas y arrugas que serán siempre un recordatorio de lo que dejaron atrás.
Aquí está el poema, un intento de entender lo que sentían las personas que estaban del otro lado de esos retratos.
I
Sus huesos cansados,
gastados, heridos,
aunque por siempre
carentes de ojos y oídos,
recuerdos guardaban,
no menos que el seso,
y al igual que su
dueño, estaban dolidos.
Dolidos y llorosos,
como un niño abandonado.
Como un árbol de
roble, neciamente enamorado
del sol y de la luna,
que nunca podrá tocar.
Así de miserables
eran sus huesos cansados.
Extrañaban el pasado,
aire y caminatas;
requerían amor,
abrigo y cuidado.
Sentían que de sus
memorias ya no quedaba nada.
Llorando un chirrido de
plateado abril,
que cortó en dos la
atmósfera helada,
gritaron, gimieron:
“¡Cómo queremos vivir!”
II
El hombre
desconsolado recorría sus huesos.
“Ya estamos viejos”,
decía entre bostezos…
Había dormido casi nada, le dolía hasta el alma;
su cuerpo se quejaba
en complot secreto.
Él también como sus
huesos, su sola compañía,
lloraba cada noche
por pasadas alegrías.
Pero ya nunca más
podría volver a Europa,
sabía que se
avecinaba el fin de sus días.
Y miró a la cámara y
sonrió, y pretendió estar feliz,
no le costaba ya más,
lo tenía que hacer a diario.
Esta vez fue
diferente; sombras tiñeron su cariz.
Y en cuanto vio la
foto, comprendió en uno de esos
tristes momentos de
lucidez, que era la imagen
de quien ya no era
amado ni siquiera por sus huesos.
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