jueves, 29 de agosto de 2013

Textos en espiral VI

VI

El infinito y la nada son más similares de lo que parece. Absolutos, ebrios de insostenible extremismo, abarcan todo y a la vez no son nada. Es verdaderamente siniestra la idea de que exista algo, pues eso significaría que, o bien siempre existió, o se materializó para completar un espacio que antes estaba vacío. Las dos ideas me dan escalofríos.
No hay duda de que es un monstruo infantil el ser que elige crear. Haciéndolo, condena su obra a uno de dos destinos: la destrucción y el olvido, o la tortuosa eternidad.
Al demonio gestor de nuestra humanidad acordamos llamarlo Dios, ente que, a pesar de todo, me genera cierta compasión. Querer hacer el bien, y a la vez causar tanto mal. Por eso es que intenté redimirlo, aunque sea en el espacio de unos pocos versos. Pueden parecer prácticamente nada; a la vez, quizás lo sean todo.

*

Y Dios, todopoderoso, miró a su alrededor.
“¿Verdaderamente quiero hacer esto?”, se preguntó.
Consideraba las consecuencias del acto mayor;
de dar vida a la luz, por sobre la oscuridad,
de dar vida al dolor.

Tantas guerras futuras desfilaron frente a sus ojos,
de la mano de eternas historias de amor.
Escapaba a la razón la manera en que esos despojos,
absurdos y vanidosos, podían ser a la vez tan parecidos,
y tan diferentes, a su Creador.

A fin de cuentas, ¿valdría la pena seguir adelante?
¿Y qué ganaba Él con eso, de todos modos?
Crear un mundo de animales imberbes, y una especie dominante,
que cuando no matase en su nombre, lo negara y se hiciese
llamar dueña del cosmos.

Y así continuó sin decidirse, por toda la eternidad,
pues no sabía si de ser creados siquiera éramos dignos.
Sólo eso son nuestros deseos y pasiones; sueños de una divinidad,
espejismos de lo que haremos bien y lo que haremos mal.
Y la luz jamás se hizo.

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