VI
El infinito y la nada son más similares de lo
que parece. Absolutos, ebrios de insostenible extremismo, abarcan todo y a la vez no son nada. Es verdaderamente
siniestra la idea de que exista algo, pues eso significaría que, o bien siempre
existió, o se materializó para completar un espacio que antes estaba vacío. Las dos ideas me dan
escalofríos.
No hay duda de que es un monstruo infantil el
ser que elige crear. Haciéndolo, condena su obra a uno de dos destinos: la destrucción y el olvido, o la tortuosa eternidad.
Al demonio gestor de nuestra humanidad acordamos
llamarlo Dios, ente que, a pesar de todo, me genera cierta compasión. Querer
hacer el bien, y a la vez causar tanto mal. Por eso es que intenté redimirlo, aunque
sea en el espacio de unos pocos versos. Pueden parecer prácticamente nada; a la
vez, quizás lo sean todo.
*
Y Dios, todopoderoso,
miró a su alrededor.
“¿Verdaderamente
quiero hacer esto?”, se preguntó.
Consideraba las
consecuencias del acto mayor;
de dar vida a la luz,
por sobre la oscuridad,
de dar vida al dolor.
Tantas guerras
futuras desfilaron frente a sus ojos,
de la mano de eternas
historias de amor.
Escapaba a la razón la
manera en que esos despojos,
absurdos y vanidosos,
podían ser a la vez tan parecidos,
y tan diferentes, a
su Creador.
A fin de cuentas,
¿valdría la pena seguir adelante?
¿Y qué ganaba Él con
eso, de todos modos?
Crear un mundo de
animales imberbes, y una especie dominante,
que cuando no matase
en su nombre, lo negara y se hiciese
llamar dueña del
cosmos.
Y así continuó sin
decidirse, por toda la eternidad,
pues no sabía si de
ser creados siquiera éramos dignos.
Sólo eso son nuestros
deseos y pasiones; sueños de una divinidad,
espejismos de lo que
haremos bien y lo que haremos mal.
Y la luz jamás se
hizo.
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