viernes, 30 de agosto de 2013

Textos en espiral VII

VII

Hay rituales que se vienen repitiendo hace años, siglos. Se vuelven parte de nosotros. Las consideramos naturales, casi hogareñas. Pero ¿cómo es que estas costumbres logran perpetuarse? ¿Qué los torna comuniones sociales? No recuerdo quién dijo que, en lo que refiere a los seres humanos, nada es casualidad.
En el siguiente texto intento analizar una de estas costumbres. Se llama  “Preámbulo a las <<Instrucciones para la correcta composición de un discurso con motivo del recibimiento de un premio>>”. Solo puedo esperar que el ensayo no esté contaminado por la arrogancia de su título.

*

El discurso, evento llamativo cuando se lo analiza, es un monólogo escrito con la intención de ser leído en voz alta, frente a un público. Aquellos que se pronuncian a modo de agradecimiento al recibir cualquier distinción, más específicamente, son los que me llaman a escribir el día de hoy.
Al contrario de lo que pueda creerse popularmente sobre estos discursos, los mismos no son ni los más felices, ni los más fáciles de redactar. Claro, de más está remarcar lo ilógico de confiar en la opinión popular en lo que respecta a agradecer por una mención, puesto que si toda la población hubiese pasado por esa situación, el concepto mismo de dar un reconocimiento o un premio a una persona por lo particular de su condición se vería derrotado.
Dicho esto ya, se podría subrayar cuán absurdo e inservible es hablar para agradecer un premio. Primeramente, si una persona quiere expresarle su gratitud a alguien, o incluso a un grupo de personas, lo más sensato y decente sería hacerlo en privado. Esto es enteramente subjetivo, pero nunca le he encontrado sentido al sentimentalismo en público, mucho menos cuando no hay un hecho doloroso justificándolo, puesto que se me aparece como una falta de sobriedad y entereza, pilares sobre los que cualquier discurso debería construirse.
Luego, también es prudente añadir cuan poco sentido tiene “forzar” a una persona a agradecer a aquellos que le brindan un reconocimiento, ya que podría darse el hecho de que, o bien la persona no sea afín a las ideas o modos del grupo que le otorga la mención, o tal vez el sujeto en cuestión no se sienta agradecido en absoluto. ¿Por qué una distinción debe ser siempre motivo de absoluta felicidad? Si un químico hace un descubrimiento fundamental, pero que luego, contra su voluntad, es utilizado como base de armas bélicas, ¿querrá este científico ser premiado por susodicho descubrimiento? Interrogantes de tono filosófico, sin más.
El último, pero no por eso menos válido, argumento en contra de estos banales, y a menudo insípidos, agradecimientos, es el hecho incuestionable de que uno, al agradecer por un premio, esta hablando no sólo de las razones que le valieron dicha distinción, y de los hombres que la hacen, sino también de su persona. Aunque uno hable horas de sus mentores, sus logros, y de cuan agradecido se siente, nunca podrá dejar de hablar de sí mismo.
Oscar Wilde señaló alguna vez, “Man is least himself when he talks in his own person. Give him a mask, and he will tell you the truth.” Me atrevo a corregir a este maestro de la literatura al decir que el hombre no miente cuando habla siendo él mismo, sino que lo hace cuando habla sobre sí mismo. Podría deducirse que la única forma de hablar con la verdad de nuestro lado sería por medio de una máscara. Pero claro, de aquí surgiría la paradoja del hombre que se enmascara para agradecer por un premio que, se supone, es para la persona que se encuentra debajo de ese disfraz. ¿Son ambos la misma persona? ¿Puede agradecer el hombre con la máscara en lugar del verdadero premiado? Más aún, si el hecho por el que se distingue al individuo en cuestión constituye una representación verdadera de su ser, más sincera que cualquier cosa que este pudiese decir (puesto que el ser humano dice con acciones y no con palabras), y la única forma de agradecer dicho reconocimiento con la misma sinceridad sea por medio de una máscara, ¿no es en verdad el hombre disfrazado quien debiera ser premiado? ¿No es él la expresión más sincera de la persona que se premia, a diferencia del mentiroso que se esconde debajo?
No es mi intención aburrirlos con oraciones redundantes e interrogantes que se responden unos a otros, como si fuesen un complicado juego de espejos que refleja las formas hasta el infinito. Lo que me propongo hacer con este breve ensayo es preceder a las pautas para la correcta redacción de un discurso con motivo del recibimiento de un premio; y para lograrlo me he visto obligado, antes que nada, a hacerles saber, si es que alguna vez se hallan en la necesidad de redactar semejante monólogo, cuán inútil sería tal empresa.
Claro que, después de tal argumentación, se preguntarán cómo, luego de señalar con compulsivo detallismo las contradicciones inherentes a estos textos, no me propongo, a fin de cuentas, desautorizarlos completamente. En otras palabras, ¿por qué hacer tanto hincapié en el hecho de que los discursos con motivo del recibimiento de un premio son inútiles, si luego no se añade que, en su conjunto, deberían ser erradicados?¿Qué fuerza misteriosa me impide hacerlo, permitiendo que estas aberraciones sigan siendo pronunciadas?
La respuesta a dichas interrogantes no es una sola, por lo que, para intentar recortar las explicaciones a preguntas que sólo nos alejan de la meta principal de este ensayo, intentaré, en un claro acto de soberbia, responderlas en una sola palabra: hipocresía.
Así es, el motor que mueve este gran esquema de pretensiones e ineficiencias es, previsiblemente, la condición humana más pretenciosa e ineficiente. Los hombres y mujeres premiados sólo agradecen con estas triviales palabras para complacer a la audiencia: para cubrir con un velo de superficialidad al público inocente (en el peor sentido de la palabra); el mismo público que pide a gritos, que demanda, que exige que este ritual continúe hasta la eternidad, constituyendo el círculo vicioso más triste de todos, que es aquél en el que se cae por voluntad propia, y del que no se elige salir jamás.
Es que, claro, las masas, y he aquí el centro de esta cuestión, aman ver como personas que son mejores que ellos hacen lo que ellos mismos harían de encontrarse en la situación de ser premiados: agradecer con un discurso patéticamente emotivo.
Y así es que se sigue pronunciando estos monólogos, indefectiblemente, y por esta razón es que no intento disuadir a mis pares de hacer lo mismo: por el simple hecho de haber comprendido, finalmente, que estos agradecimientos no tienen nada que ver con quién habla, sino que son enteramente para el público; el pueblo, en cierta manera. Y como sabemos, son las masas las que ostentan el poder; las que perpetúan rituales sin sentido, costumbres tácitamente entendidas, que resulta baladí intentar cuestionar, e incluso comprender completamente. Es por este simple, aunque monolítico hecho, que en el mundo triunfa la barbarie y no la sensatez; que el imperio más recordado no es el brillante pueblo griego, sino la grotesca y sangrienta estirpe romana. Es por esta demagogia de las masas, si se puede llamar así, que el héroe por excelencia no es el sabio, sino el mendigo; que la frase latina más emblemática no es quod erat demonstrandum, sino vox populi. Y es esta la insolencia universalizada que permite, o mejor dicho, que asegura que estos discursos sigan siendo pronunciados.

jueves, 29 de agosto de 2013

Textos en espiral VI

VI

El infinito y la nada son más similares de lo que parece. Absolutos, ebrios de insostenible extremismo, abarcan todo y a la vez no son nada. Es verdaderamente siniestra la idea de que exista algo, pues eso significaría que, o bien siempre existió, o se materializó para completar un espacio que antes estaba vacío. Las dos ideas me dan escalofríos.
No hay duda de que es un monstruo infantil el ser que elige crear. Haciéndolo, condena su obra a uno de dos destinos: la destrucción y el olvido, o la tortuosa eternidad.
Al demonio gestor de nuestra humanidad acordamos llamarlo Dios, ente que, a pesar de todo, me genera cierta compasión. Querer hacer el bien, y a la vez causar tanto mal. Por eso es que intenté redimirlo, aunque sea en el espacio de unos pocos versos. Pueden parecer prácticamente nada; a la vez, quizás lo sean todo.

*

Y Dios, todopoderoso, miró a su alrededor.
“¿Verdaderamente quiero hacer esto?”, se preguntó.
Consideraba las consecuencias del acto mayor;
de dar vida a la luz, por sobre la oscuridad,
de dar vida al dolor.

Tantas guerras futuras desfilaron frente a sus ojos,
de la mano de eternas historias de amor.
Escapaba a la razón la manera en que esos despojos,
absurdos y vanidosos, podían ser a la vez tan parecidos,
y tan diferentes, a su Creador.

A fin de cuentas, ¿valdría la pena seguir adelante?
¿Y qué ganaba Él con eso, de todos modos?
Crear un mundo de animales imberbes, y una especie dominante,
que cuando no matase en su nombre, lo negara y se hiciese
llamar dueña del cosmos.

Y así continuó sin decidirse, por toda la eternidad,
pues no sabía si de ser creados siquiera éramos dignos.
Sólo eso son nuestros deseos y pasiones; sueños de una divinidad,
espejismos de lo que haremos bien y lo que haremos mal.
Y la luz jamás se hizo.

miércoles, 28 de agosto de 2013

Textos en espiral V

V

El texto anterior habló de la memoria, que podría entenderse como una eternidad accidental y caprichosa, contaminada por el juicio de lo finito.  Pero esta perpetuidad no es sino una ilusión. Los recuerdos como tales mueren con quien los guarda; nadie podría ser tan inocente de pensar que siquiera dos personas han de rememorar un hecho de la misma manera.
Las ruinas, en cambio, son pasado vivo. Exponentes de un tiempo que ya no está, su interpretación puede variar, pero su entidad es inopinable. El monumento que perdura es la máxima forma de recuerdo imperecedero; expresa magistralmente el deseo de auto-perpetuarse, sino físicamente, aunque sea en el imaginario colectivo.
Que la motivación que las genera sea tan cercana solo puede humanizarlas; humanizarlas solo puede hacerlas más monstruosas.

*

¿Por qué dan miedo las ruinas?
¿Qué tememos de sus ásperos secretos?
Eternas y ayer sagradas, nunca obran;
no son tumbas, más bien son esqueletos.

Miran, siempre tan frías y altaneras;
ríen con soberbia del paso del tiempo.
Lo vieron todo, pero no vivieron nada;
están vacías, pero llenas de universo.

¿Será que dan miedo por ser humanas?
Majestuosas, mientras caen a pedazos.
¿Será que dan miedo por ser nuestras?
Forjadas con nuestros propios brazos.

Solitarias, nos obligan también a serlo;
contemplarlas es como mirar el abismo.
Algún día incluso yo seré una ruina,
quizás solo me observo a mí mismo.

El Coliseo es monstruo y es asombro,
solo depende del despojo que lo ve.
Tal vez no me dan miedo las ruinas,
tal vez solo le temo a mi ser.

martes, 27 de agosto de 2013

Textos en espiral IV

IV

“El único paraíso es el paraíso perdido”
Marcel Proust

La temática de la remembranza fue frecuentemente abordada por Marcel Proust a lo largo de su obra, particularmente en su magnum opus In Search of Lost Time. Este autor fue quien identificó, y diferenció, las dos caras que según él constituían la memoria; la voluntaria, que refiere a la que es ejercida intencionalmente, y la involuntaria, o “proustiana”, que refiere a aquella en la que imágenes son evocadas inconscientemente, consecuencia de un estímulo externo.
Sin embargo, esta clasificación peca por ser excesivamente inocente, tomando la memoria como un ente mecánico, casi ajeno a la condición humana. Cuesta imaginar algo más humano que el deseo de no recordar jamás, pero fracasar cada vez; o de intentar recordar hechos como no fueron, con la esperanza de que el mundo nos siga la corriente; o la amarga melancolía de quien no posee memorias dignas de ser desempolvadas. Estos matices caen fuera de la simple (o simplista) clasificación anterior.
El objetivo de este cuento, por más vil que parezca, es complejizar –ensuciar, si se quiere- la línea que divide las dos memorias propuestas por Proust. Es cierto que no se incluye una nueva clasificación, que debiera ser en última instancia el objetivo fundamental del texto, pero creo que la destrucción del viejo paradigma hace honor suficiente a esta compleja faceta del pensamiento humano.

*

“Ninguno de los dos sabe de qué color es el cielo”, rió para sí el pobre anciano, mientras miraba fijo a su nieto desde la cama del hospital. Había nacido un par de horas antes en esa misma clínica, y sus padres decidieron llevarlo ya con su abuelo, que se alojaba tres pisos por encima de la sala de maternidad. Había pasado allí más tiempo del que le hubiese gustado recordar; cinco largos años, según los registros médicos. Tenía una rara enfermedad terminal, de esas que matan “como las esposas”, tal y como solía decir él cuando todavía tenia fuerzas para hablar. Esto era, lenta y dolorosamente.
El viejo, que no quitaba la mirada de Francisco -así se llamaba el niño-, no podía evitar encontrar paralelismos entre su condición y la de la criatura. Ambos bordeaban los extremos de la vida; los dos tan blandos al tacto, frágiles, necesitados de atención. Aún así, y por mucho que intentase buscar otras ataduras circunstanciales, el anciano poco a poco advirtió que siempre terminaba cayendo en la que había cruzado su mente primero; antes dibujada como un chiste, ahora comenzando a convertirse en una verdadera condena. De esta forma, y luego de varios intentos frustrados de remembranza, se dio cuenta de que, verdaderamente, no podía recordar el color del cielo.
Sabía que era azul, -claro, eso lo sabe cualquiera- pero esta palabra le significaba a él lo mismo que a un ciego. ¿Qué es el color para aquél que nunca lo ha experimentado? Una incógnita y nada más.
Intentó observar el firmamento por la ventana, aún sorprendido por lo que le estaba ocurriendo; después de todo, ¿quién podía olvidar cómo lucía el cielo? Notó inmediatamente que un edificio corporativo bloqueaba cualquier tipo de vista. Se preguntó cómo no había apreciado aquella construcción antes, tomando en cuenta la pequeña eternidad que había visto pasar en aquella austera cama de hospital. Luego, su mirada volvió a cruzarse con la del bebe que su hija aún sostenía frente a él. Súbitamente, el anciano sintió una intensa envidia. La criatura tenía toda una vida para comprender qué era el azul en verdad; o incluso para escuchar el sonido del mar, o saborear el cosquilleo del pasto bajo sus pies jóvenes y descalzos.
¿Era posible olvidar aquellas sensaciones? Aparentemente sí, pues él no podía recordar ninguna ellas, y estaba bastante seguro de haberlas experimentado. Así, llegó a la amarga conclusión de que su estadía en ese mugroso hospital había borrado prácticamente todas sus memorias.
Pero había una que, extrañamente, había sobrevivido inmaculada, y que ahora ocupaba la totalidad de su mente. Esta imagen, aunque parezca imposible, era de sus primeras horas de vida, pero se le presentó tan vívida que podría haber tenido solo unos minutos de antigüedad. Nuestro protagonista abrazó aquel recuerdo como si este fuese la cura de todos sus males, y los años que se interponían entre aquel primer momento y el presente fueron borrados inmediatamente. Así, el anciano recordó el cálido abrazo de su madre, el blanco irreprochable del hospital, los aromas que lo confundían y mareaban; todo tan nuevo, tan enorme y luminoso. Tal vez en este recuerdo podría él encontrar aquel color que le era irremediablemente esquivo en los días cercanos a su muerte.
Se concentró, y creyó ver una ventana. Si tan solo su madre se moviese un poco más. Sí, había una ventana, de eso estaba seguro, pero, ¿podría ver el cielo? Comenzó a sentir una gran impotencia, hasta que por medio de un aparatoso movimiento consiguió, finalmente, vislumbrar aquel pedacito de mundo por un ínfimo instante. Devastadora fue su desilusión al notar que un edificio bloqueaba toda la visión.
El anciano volvió en sí. La memoria le había jugado una mala pasada, confundiendo aquél recuerdo puro de sus primeros días con su espantosa condición actual.  Lo único que le quedaba era bucear en su cabeza, muy probablemente en vano, a la merced de alguna pista, algún resquicio que hubiese pasado por alto, alguna memoria enterrada en el fondo de su mente, ahora vieja y oxidada. La sola idea de tal esfuerzo le resultó agobiante, por lo que nuestro protagonista finalmente se resignó. Nunca volvería a ver el firmamento en lo que le quedaba de vida, y estaba muy seguro de no poder recordar cómo lucía. Sin darle demasiada importancia a lo que hacía, nuestro protagonista observó al niño por última vez. Luego se acomodó como mejor pudo en su cama, e ingresó, tal vez voluntariamente, tal vez no, en un apetecible sueño, sumergiéndose cada vez más en la única imagen confiable que quedaba en su cabeza. Se abandonó así al abrazo de su madre, al calor de su cuerpo, y a la suavidad de sus manos perfumadas rozando su cara.
Esta vez, al no concentrarse tanto en la ventana, pudo observar que frente a él había un pobre anciano, recostado sobre una de las camas del hospital. Tenía los ojos cerrados y no se movía. Sin embargo, no llegó a constatar si estaba muerto o simplemente durmiendo, ya que su madre lo llevó fuera de la habitación, apresuradamente y entre sollozos. ¿Azul era el nombre del color? Súbitamente, las palabras empezaron a desvanecerse, a escapar de su cabeza; las pocas que quedaban se confundían en sonidos idénticos y primitivos. Intentó decirle a su madre que no caminase de manera tan brusca, pues podría lastimarlo. Se horrorizó al descubrir que no podía articular una sola frase coherente. Lo invadió una repentina desesperación, y sintió el peor tipo de claustrofobia, que es verse atrapado en el propio cuerpo, sin posibilidad de escapar.
Comenzó a llorar desconsoladamente, por lo que nunca logró apreciar el cielo azul que los cubría desde el momento en que habían salido del hospital.

lunes, 26 de agosto de 2013

Textos en espiral II y III

II

Es curioso pensar que tal vez toda pregunta representa, en sí misma, una eternidad; un diminuto, pero a la vez inconmensurable infinito. Los segundos que toma pensar la respuesta. El suspiro antes de decirla, como remarcando nuestra efímera, pero no por eso menos satisfactoria posición de dueños absolutos del saber.
Aunque claro, esa es tan solo la punta del iceberg. ¿Qué hay de las preguntas detrás de esa pregunta? Sí, entiendo que Vladimir y Estragón esperan en vano. Pero, ¿por qué? ¿Qué los lleva a hacerlo? ¿Por qué una melodía suena a grandes ciudades, y otra me sabe a plagio?
Luego de pensarlo mucho, debo decir que difícilmente alguien alguna vez, en toda la historia, haya esbozado una respuesta completamente satisfactoria. Lo hace a uno pensar, ¿para qué preguntar?; y así, todo simplemente comienza de nuevo.

*

¿Daría más miedo el miedo
si no tuviese nombre?
¿Dejamos de ser animales
solo por querer ser hombres?

¿Habría tantos días al año
si no pudiésemos contarlos?
¿Está algo realmente perdido
si no pretendemos buscarlo?

¿Qué son los colores
para quien jamás los vio?
¿Qué es la vida entonces
para aquel que jamás fracasó?

¿Soñaríamos menos
si viviésemos como soñamos?
¿Sufriríamos menos acaso
si no supiésemos por qué lloramos?



III

“Es tan corto el amor,
Y tan largo el olvido”
(Pablo Neruda)

Vivir es amar, pero también es sufrir; a cada segundo, y casi siempre al mismo tiempo. Respirar es sufrir; el respiro en el instante que precede a un beso es amor. Dormir es desgarrador, pero despertar junto a quien adoramos es la felicidad más absoluta.
Entonces, ¿por qué respiramos, descansamos, nos aseamos, y comemos? Porque debemos hacerlo para vivir, como también debemos llorar si queremos reír, o callar si alguna vez pensamos hablar.
Es una suerte que la vida nos duela tanto, porque si no se sufre jamás se puede amar.
Es una pena que exista el amor, porque nada puede hacernos sentir un dolor más fuerte.

*

Te siento
Te miro
Te amo
Y te pienso
Te hablo
Te odio
Y te amo una vez más.

Me regalo
Me resigno
Sueño
Y me despierto
Me desarmo
Y me ilusiono
A pesar de los demás.

Nos reímos,
Nos tocamos
Nos pateamos
Y tropezamos.
Nos sentimos
Infinitos
Tal vez lo seamos en verdad.

Me acobardo
Me rechazo
Tiemblo
Y me descargo
Luego imploro
Te suplico
Que nunca llegue el final.

Te miro
Te rezo
Te lloro
Y te pierdo
Te odio
Y casi te olvido
Pero te amo una vez más.

domingo, 25 de agosto de 2013

Textos en espiral I

Nada empieza o termina realmente. Hay espejismos de finales, y simulacros de comienzos; ilusiones de un futuro, y caricaturas del pasado. Las denuncio, pero no las detesto. Al contrario: las necesito, como el resto de nosotros. Las necesito para introducir, a la fuerza, al menos algo de orden en este inmenso caos.
Aún así, no puedo evitar preguntarme qué ocurriría si estos artificios vitales fuesen, por decirlo de alguna forma, desactivados. Si pudiese ver la vida en la muerte, y la muerte en la vida.
Esta serie de textos son una celebración de esta maquinaria imparable y amoral que percibimos inocentemente, y que llamamos realidad.


I

"Si el espacio es infinito estamos en cualquier punto del espacio. Si el tiempo es infinito estamos en cualquier punto del tiempo"
Jorge Luís Borges

Ya no recordaba cuánto tiempo había pasado desde su entrada a aquella habitación. Una hora, dos tal vez; podrían haber sido diez minutos y no le haría diferencia alguna. El punto era que ya había transcurrido más tiempo del que estaba previsto, y eso lo irritaba sobremanera.
Enriqueto Gómez (sí, Enriqueto) era una persona a la que le gustaba tener todo bajo control. Los datos y las circunstancias tenían que ser precisas, los horarios respetados a rajatabla. No importaba si el trámite se había demorado media hora o tres días. Estaba demorado, y con eso era suficiente.
Desmenuzó la habitación que lo apresaba, como lo había hecho ya innumerables veces, deteniéndose en cada detalle. Al menos esta era una manera de hacer pasar el tiempo. Enriqueto disfrutaba criticar, y por sobre todo reír y burlarse, de las decoraciones pobres y de los lugares mal mantenidos. Aquél entorno lo hizo soltar carcajadas. El papel tapiz que intentaba cubrir la mayor parte de las paredes era del peor gusto imaginable, gris y con un patrón de tortugas en diagonales que ameritaban, como mínimo, la pena de muerte para su creador y para quienes lo habían pegado allí.
Luego, la vista se desviaba hacia la mesita que presidía la habitación desde el centro, aparentemente inútil, ya que el trámite supuestamente se realizaba en la siguiente habitación. Este mueble no era particularmente horrendo, pero la falta absoluta de carisma lo convertía en el objeto más aburrido que Enriqueto hubiese visto jamás. Su presencia no agregaba absolutamente nada a la habitación, a la vida de Enriqueto, o al Universo en general. En un momento nuestro protagonista llegó a dudar incluso de su existencia, por parecerle esta mesa demasiado insípida como para ser real. Aún así, llegó a la conclusión de que existía, ya que sino las revistas que sostenía habrían caído al suelo.
El señor Gómez se levantó del silloncito de cuero gastado, opaco y polvoriento que ocupaba, y se acercó a la ya mencionada mesa. Pretendía hojear un poco las revistas, para ver si el tiempo pasaba un poco más rápido. Ya se estaba impacientando, y para colmo la habitación no tenía reloj, y él había olvidado el suyo en la oficina, por lo que no podía saber con exactitud cuánto tiempo había perdido ya ahí adentro.
Se sorprendió al leer las noticias de una de las publicaciones. Demasiados actores estaban saliendo nuevamente con sus antiguas parejas. “Será una nueva moda”, pensó Enriqueto, que poco sabía de los vaivenes de la farándula, excepto por lo que escuchaba de su esposa. Casualmente posó su mirada en la parte inferior de una de las páginas, y notó que la revista tenía ya un par de años. Consternado, Enriqueto pasó a inspeccionar las demás, descubriendo que todas eran de aproximadamente cuatro o cinco años atrás. Esto enfureció a nuestro protagonista, ya que además de ser un esclavo del orden, la limpieza, el buen gusto y el control absoluto, por sobre todas las cosas el señor Gómez amaba la funcionalidad. Y no le veía ninguna razón o sentido a colocar revistas viejas en una sala de espera. No informaban, no divertían, no entretenían, y no hacían que el tiempo pasase más rápido.
Para este punto, sus cachetes ya estaban violetas, como solía ocurrir cuando algo lo estresaba. Enriqueto detestaba este rasgo particular de su cariz, ya que lo hacía sentir muy avergonzado. Esto, a su vez, hacía que su cara se pusiese más púrpura aún, y así este hombre entraba en uno de los círculos viciosos que más detestaba.
Pero esta vez fue diferente, ya que le bastó con un rápido escrutinio de su entorno para recordar que se encontraba completamente solo en aquella habitación, por lo que no tenía nada de que avergonzarse. Nadie lo estaba mirando.
Aunque esta última certeza lo tranquilizó por un segundo, luego despertó un interrogante que se le hacía familiar, como si ya se hubiese preguntado exactamente lo mismo unos minutos antes: ¿por qué era la única persona en esa habitación? Si hacia tanto tiempo que estaba esperando, ¿cómo no se había acumulado un grupo de personas junto con él? Además, ¿qué pasaba con la persona que lo precedía? Nunca la había visto, y tampoco comprendía qué podía tomarle un rato tan largo.
Un rato tan largo era un decir, claro está, porque la ausencia de relojes no le permitía saber con seguridad cuánto tiempo había pasado realmente desde que había llegado allí.
De la nada, un pensamiento filoso cruzó su mente. ¿Había, realmente, entrado en algún momento en esa habitación? No podía recordar el momento con precisión, eso era seguro. Aún así, era absurdo pensar que no había entrado nunca. Sino, no se encontraría allí, ¿no es cierto? Hizo un último esfuerzo por rememorar su ingreso a aquél pequeño sitio, pero, para su terror, no pudo recordar siquiera un mínimo hecho de su vida anterior a esa habitación. Pensó en su trabajo, si es que tenía uno, en sus pasiones; incluso el nombre de su esposa escapaba a su mente. Con cada memoria que se le escurría como arena entre los dedos, la opresión que ejercían las cuatro paredes que lo rodeaban crecía, hasta llegar a puntos insoportables. El clímax de su ataque de pánico llegó cuando se dio cuenta de que la única puerta de la habitación era la que tenía enfrente; la que lo separaba del bendito trámite. ¿Y él por dónde había entrado? Tal vez él no estuviese allí para un trámite, como pensaba. Tal vez lo habían secuestrado; o algo incluso peor. El pánico empezaba a dominarlo.
Enriqueto estaba ya a punto de desmayarse cuando se abrió la puerta de la habitación:
“¿Se encuentra usted bien?”, inquirió, sorprendida, la empleada pública.
“Eh…sí, perfectamente”, respondió el señor Gómez, mientras secaba el sudor de su frente y agradecía al cielo por esta aparición tranquilizadora.
“Adelante entonces, ya es su turno”
“Muchas gracias”. Luego, nuestro protagonista agregó, “disculpe, pero, ¿no sabe si podrían conseguir revistas más actuales? Así me entretengo un poco”
“No se preocupe, las única revistas viejas son las de esa habitación. Estas las acaban de traer”.
Mucho más relajado, Enriqueto ingresó a la siguiente habitación. Pero, para su enorme sorpresa, esta era una copia idéntica de la anterior. Cuando quiso preguntarle el por qué a la mujer que lo asistió, cayó en la cuenta de que ella ya no se encontraba allí. ¿A dónde se había ido? El cuarto al que había entrado no tenía puertas, exceptuando la que le había permitido ingresar.
Confundido, cerró la puerta. Se arrimó al silloncito que se encontraba del otro lado de la habitación, mirando hacia donde él estaba, pero no sin antes pasar por la insípida mesita que presidía la habitación. Inspeccionó las revistas, y efectivamente, para su espanto, eran de hacia cuatro o cinco años. Se sentó en el sillón de cuero gastado, completamente aterrado, y sin saber si alguna vez lograría salir de ahí. Lo que le ocurría debía ser un sueño, una pesadilla.

Pero no, él nunca podría soñar un papel tapiz tan feo. Ni tampoco una mesa tan carente de carisma. ¿Cuánto tiempo había pasado desde su llegada, después de todo? La pared no tenía reloj, y él se había olvidado el suyo en la oficina…

viernes, 23 de agosto de 2013

Desatormentándonos

"Cielo o infierno, ¿qué importa?"
Charles Baudelaire

Punto, punto, es mi punto final;
recta corría la línea triunfal.
Punto, punto, punto, ya está.
Callejón sin salida, seca verdad

Desatormentándonos.
Desacostumbrándonos.
Desenredando lo hecho,
ya es tarde, adiós

Será el consuelo
el único cielo;
el partir y dejar
piezas en el suelo.

Que otro las junte;
y ya otro las mira,
y halla otros sentidos
buscando en las migas

del pan que amasé;
del pan mío, que amé.
Es el punto final,
se siente; un, dos tres.

Y el salto, qué salto, arriba los pies;
las rocas se chocan una y otra vez.
No salto, sí salto, contando sin ver
mis días, mis noches, todas al revés.

Incomprensiblemente.
Inconfundiblemente.
Impidiendo que llegue
al casillero siguiente.

Quizás ya era tarde,
vienen a buscarme
encapuchados oscuros
y esqueletos de alambre.

Tan negro es el muro,
-sin lamentos, es mentira-;
el muro está hecho
de risas partidas.

De abrazos llorados,
Cuchillos amados.
De santas mentiras,
el muro de mi vida.


Adiós.

jueves, 22 de agosto de 2013

Paredes

El dilema del encierro es que nos separa de las cosas que nos hacen bien y mal.


Al futuro amor de mi vida

Dos y tres paredes
de cemento a mansalva,
con un guardia odioso
y la reja más alta.
Pasadizos secretos,
compuertas de acero;
cien perros perversos
que muerden sin miedo.

Y un cerco y un muro
y mil escondites,
y más paredes, más rocas
más perros, más diques.
No alcanzan las armas,
no hay artilugios
que puedan calmarme.
Jamás me siento seguro.

Por eso tantas alarmas,
ya no puedo contarlas.
Tengo tantas contraseñas
que me cuesta recordarlas.
Entonces ya no salgo,
entonces ya espero
con mis cosas, mi cuarto
y con todo cubierto.

Sigo en esta casa
con vigilancia presente
a cada hora del día,
y te digo, se siente.
Se siente la distancia
con el indecible afuera;
con el ruido del aire,
espacio abierto que quema.

Se sienten las fosas
con agua y cocodrilos,
y sombras acusadas
Con uno y mil tiros.
Me escudo en el miedo
que forja mi vida;
de miedo mis cuevas,
mis montañas de arena;

mis paredes de gritos,
mis laberintos dementes.
De furia incandescente
es mi fortaleza atroz,
con jardines de serpientes
que me separan por siempre
de, en tiempo presente,
encontrarme con vos.

miércoles, 21 de agosto de 2013

Sobre gustos

Me gustás
Te gusto?
Y qué más te gusta?
Eh?
Que qué más te gusta?
Emmm, me gusta sacarle punta al lápiz, me gusta mirar fijo a la luna concentrada hasta ver los cráteres, y después desenfocar la mirada, me gusta agarrar cualquier sobra de comida y envolverla en una fajita, me gustan el olor a tierra mojada, el olor a nafta, el olor a lluvia
Olor a lluvia?
Nunca sentiste el olor a lluvia?
Te gusta el helado?
Un poco
Cómo que un poco?
No es que no me guste el helado, me gusta pero me gustan algunos gustos
Qué gustos te gustan?
Me gustan los gustos que tienen gusto al gusto que dicen tener
Me lo repetís?
Me gustás
No eso, lo de los gustos de helado
Sería más fácil que me invitases a tomar un helado y lo averiguaras vos mismo
Me gustaría
A vos qué gustos te gustan?
Me gustan los que a vos te gusten
Cosas que te gustan porque le gustan a la persona que te gusta, qué complicado no?
Con razón nadie escribe sobre gustos, a nadie le gusta

martes, 20 de agosto de 2013

Los huesos del inmigrante

Hace un tiempo visité el Museo del Inmigrante, cerca del puerto, y lo que más me sorprendió fueron los retratos de los que acababan de desembarcar y se establecían ahí hasta que supiesen qué hacer con su alma. En esas fotos se ven caras que intentan sonreir, pero que terminan mostrando algo mucho más profundo y contradictorio. La ilusión de una nueva vida en los ojos, pero a su vez las marcas y arrugas que serán siempre un recordatorio de lo que dejaron atrás.
Aquí está el poema, un intento de entender lo que sentían las personas que estaban del otro lado de esos retratos.


I

Sus huesos cansados, gastados, heridos,
aunque por siempre carentes de ojos y oídos,
recuerdos guardaban, no menos que el seso,
y al igual que su dueño, estaban dolidos.

Dolidos y llorosos, como un niño abandonado.
Como un árbol de roble, neciamente enamorado
del sol y de la luna, que nunca podrá tocar.
Así de miserables eran sus huesos cansados.

Extrañaban el pasado, aire y caminatas;
requerían amor, abrigo y cuidado.
Sentían que de sus memorias ya no quedaba nada.

Llorando un chirrido de plateado abril,
que cortó en dos la atmósfera helada,
gritaron, gimieron: “¡Cómo queremos vivir!”

II

El hombre desconsolado recorría sus huesos.
“Ya estamos viejos”, decía entre bostezos…
Había dormido casi nada, le dolía hasta el alma;
su cuerpo se quejaba en complot secreto.

Él también como sus huesos, su sola compañía,
lloraba cada noche por pasadas alegrías.
Pero ya nunca más podría volver a Europa,
sabía que se avecinaba el fin de sus días.

Y miró a la cámara y sonrió, y pretendió estar feliz,
no le costaba ya más, lo tenía que hacer a diario.
Esta vez fue diferente; sombras tiñeron su cariz.

Y en cuanto vio la foto, comprendió en uno de esos
tristes momentos de lucidez, que era la imagen
de quien ya no era amado ni siquiera por sus huesos.