Los policías llegaron y encontraron el cuerpo
tirado en el piso. La carta descansaba sobre la mesa. Afortunadamente no tenía
manchas de sangre: la cabeza del anciano había rebotado en el otro extremo del
mueble antes de caer.
Transcripción de la carta, con anotaciones
cuando haga falta.
“Supongo que esta es una carta de desesperación.
[Largo espacio en blanco]
María, mi amor, perdiste la vida esta mañana.
Los hechos son confusos; no por ser desconocidos ni mucho menos complejos, pero
son confusos por parecer inofensivos, casi triviales al examinarlos
individualmente. Hoy te levantaste de la cama, de nuestra cama, alrededor de
las siete de la mañana, mucho más temprano que de costumbre. Hacía mucho frío y
el sol ni había amenazado con asomarse. Yo seguía preso de las sábanas
mientras te sentía deambular por la cocina, y para cuando decidí levantarme ya tenías todo listo. Tan natural en vos; digo, esa costumbre y exigencia de tener todo perfecto y ordenado. Angelical. Acá
es donde, mi amor, yace la cuestión principal de esta tragedia: aquella que me
inunda de pena; aquella que seguramente atormentará esta casa por el
resto de los días.
Como bien sabés, la tarea de comprar el diario es habitualmente mía. Siempre lo fue. Pero por alguna razón, esta mañana algo en mí rogó romper la inercia, acabar con esa costumbre ridícula. Ya sé, suena pequeño, tonto. Hasta me avergüenza contarlo ahora. Pero igualmente te pedí a vos que cruzaras a comprarlo. Naturalmente accediste. Siempre con esa necesidad de complacer a los demás. Además algo tan ínfimo. Comprar el diario. Claro, podrías haberme dicho que no; pero no lo hiciste. Hacía mucho frío esta mañana, qué necesidad la tuya de hacerme caso, María. No es que quiera culparte, claro, pero me hubieras ahorrado tanta pena.
Como bien sabés, la tarea de comprar el diario es habitualmente mía. Siempre lo fue. Pero por alguna razón, esta mañana algo en mí rogó romper la inercia, acabar con esa costumbre ridícula. Ya sé, suena pequeño, tonto. Hasta me avergüenza contarlo ahora. Pero igualmente te pedí a vos que cruzaras a comprarlo. Naturalmente accediste. Siempre con esa necesidad de complacer a los demás. Además algo tan ínfimo. Comprar el diario. Claro, podrías haberme dicho que no; pero no lo hiciste. Hacía mucho frío esta mañana, qué necesidad la tuya de hacerme caso, María. No es que quiera culparte, claro, pero me hubieras ahorrado tanta pena.
Aquí es cuando las cosas comienzan a escapar a
mi humilde lógica.
Comprendo, sí, pero solo ahora, que la rutina
representaba algo con lo que yo no podía vivir, pero que temía demasiado
abandonar. [Múltiples oraciones tachadas, todas variaciones de la siguiente frase] Como si me aterrase el pensamiento de que otra persona pudiera encontrarla tirada por ahí y quisiese usarla en mi contra, ¿entendés? [Subrayado en el texto original] Por eso abracé esta pequeña
rebeldía con tan insensata emoción. Hoy no iba a comprar el diario. No, no
había ganado la guerra contra la cotidianidad, pero creí haber triunfado por lo
menos en esta batalla. Hasta que escuché el grito.
[Garabatos ilegibles]
Tu grito.
Estimados policías o detectives o persona que
haya de encontrar este patético testimonio: hoy a la mañana un hombre perdió el
control de su vehículo unos metros antes de pasar por el frente de mi casa. El auto
subió a la vereda, volcó por acción de un banco público, y aplastó a una María
inmóvil, a una María a la que le gustaban los helados de frambuesa y las películas
lacrimosas [sic]. A mi María. Mi objetivo no es darles pena, en absoluto.
Lo que busco al plasmar en papel el último día de mi esposa es, en cierta
forma, revivirla. Después de todo, y en lo que a este relato respecta, yo soy
Dios todopoderoso, dueño de esta pluma y esta palabra; de este papel y de su historia. ¿Por qué no
habría de poder modificarla? Tranquilamente podría rescatarla en estas líneas.
Podría escribir cómo a último momento ella supo esquivar milagrosamente el auto.
Cómo en el hospital lograron salvarla de una muerte casi segura. Podría
hacerlo; se me aparece como una manera de rescatar, por lo menos, una parte de [“nuestra” tachado] su alma.
Pero no, es todo una farsa.
Pero no, es todo una farsa.
[Los siguientes dos párrafos tienen múltiples
borrones y tachaduras que no tiene sentido transcribir cada vez. Escritura tortuosa y apresurada]
A la larga comprendemos que la verdad se puede
doblar, exagerar o incluso olvidar. Pero si hay algo que no puedo hacer ni
siquiera investido por la gracia divina que me otorgan mi lapicera y este
papel, es cambiarla. La verdad es que mi esposa está muerta. Sí, María está
muerta. María está muerta y yo creo haber perdido la cordura. Veo a Troya caer,
veo a Ulises llegando a la montaña del purgatorio y muriendo bajo ella. ¿O acaso
era Dante? No, Dante es quien lo encuentra, pero yo no soy él, yo soy Ulises, y
agonizo. La culpa me carcome y sé que me estoy volviendo loco, pero siento que
hay algo detrás de todo esto. Algo casi tenebroso, digno de estos mitos griegos
con los que trato de legitimar la tragedia que destrozó mi vida. Tal vez la
misión de este texto no sea salvarte. Ahora adivino en tu muerte un
esbozo, apenas un retazo del gigantesco tablero en el que todos somos a la vez
espectador y pieza. Tal vez, y sólo tal vez, mi objetivo sea descifrar lo que estos
sucesos representan. Después de todo, no puede ser una casualidad que a vos,
María, que hacías de tus planes y rituales diarios la razón de tu vida, te haya
aplastado la tragedia en el acto preciso de modificarlos. No, imposible verlo
como un hecho azaroso. El mensaje, entonces, no podría ser más claro: “Acá estoy,
olvidarlo no puedes” [sic] bramó ese orden divino que, por más que lo odiemos, rige
las existencias. Pero eras tan inocente, y yo me culpo por tu muerte. Y no con esa
culpa vacía de quien dice que podría haber hecho más pero no lo cree realmente,
sino con la desazón demoledora de quien verdaderamente se cree actor necesario
de una desgracia. Visto desde afuera, parece causalidad y no casualidad que yo
te haya pedido, justamente hoy, que trajeras el diario a casa. No culparía a un espectador
por sospechar de mí. Tampoco me tranquiliza saber que fue el gran esquema de
las cosas poniéndonos a prueba. Yo soy parte de ese universo. Vivo en el universo
que te mató. Ergo, yo te maté
[Subrayado furioso]
Ahora tengo una teoría de este caos: hay un
plan maestro ahí fuera. Claro que a veces no podemos verlo; pero en ocasiones
nos permite espiar por una cerradura e intentar descifrar lo que hay del otro
lado. Somos todos como engranajes, que se agrietan al no soportar la presión.
Vos y yo no pudimos soportar la presión. ¿Me seguís, María? ¿Y vos, lector? La analogía es
aplastante, tan aplastante y cristalina que no puedo evitar preguntarme si es
ese el mensaje realmente.
[Garabatos ilegibles con posibles continuaciones
tachadas. Se puede distinguir un “no me engañan”, también tachado, en un margen]
Es que todo indicaría que sí; pero es sabido
que el universo no juega con mi lógica. Esto me obliga a articular una
conclusión mucho más aterradora y egoísta… el castigado fui yo. Quise
desafiar a la rutina, a ese esquema de mármol, y me quitaron lo que más quería.
Fuiste el mero instrumento de un castigo vil y desmesurado que me deja acá, tan solo y tan insoportablemente culpable; no sólo por sentirme artífice del final, sino también por reconocer la
envidia que me provoca tu muerte inocente y útil. Todo tan limpio, tan racional
y caótico a la vez. Debo decir que si Dios no existe, lo disimula bastante
bien. Porque yo sé que esto fue planeado de antemano. Estoy convencido de que
fuiste brutalmente asesinada; aniquilada por el único ente al que no me atrevo
a culpar: el universo. Es que como dije, al hacerlo tendría que incluirme como un cómplice
más en esta tragedia. Fuimos vos y yo, lector, quien quiera que seas. Yo y vos [sic] tenemos las manos manchadas de sangre. Todos. Todos
piezas clave de un plan maestro; invisible, excepto para la mente, divina o
diabólica, que lo ideó. Esta es una carta de desesperación. Mi desesperación
habita en dos palabras y una pregunta: ¿Por qué? Por qué yo, por qué vos, por
qué hoy. Me siento diminuto frente a una verdad tan inmensa como inescrutable. Lo
único que puedo hacer es dejarlo vencer, y permitirme soñar que por el resto de la
eternidad vos y yo vamos a vivir para siempre, a vivir así como morimos
hoy. Te amé como ["también" tachado] solo una persona irracional puede amar.
Tal vez sea este suicidio la única oportunidad
que tenga de decidir algo por mí mismo. Seguramente no, pero me reconforta mi
engaño.”
Los policías estaban visiblemente consternados. El informe declaraba que la anciana había muerto en el acto producto del accidente de tránsito, y que su
esposo se había suicidado a las dos horas. Al entregarlo ambos se miraban, como
sintiéndose extrañamente culpables. Los comprendí al leer la carta.
