lunes, 28 de octubre de 2013

La teoría del caos

Los policías llegaron y encontraron el cuerpo tirado en el piso. La carta descansaba sobre la mesa. Afortunadamente no tenía manchas de sangre: la cabeza del anciano había rebotado en el otro extremo del mueble antes de caer.

Transcripción de la carta, con anotaciones cuando haga falta.


“Supongo que esta es una carta de desesperación.

[Largo espacio en blanco]

María, mi amor, perdiste la vida esta mañana. Los hechos son confusos; no por ser desconocidos ni mucho menos complejos, pero son confusos por parecer inofensivos, casi triviales al examinarlos individualmente. Hoy te levantaste de la cama, de nuestra cama, alrededor de las siete de la mañana, mucho más temprano que de costumbre. Hacía mucho frío y el sol ni había amenazado con asomarse. Yo seguía preso de las sábanas mientras te sentía deambular por la cocina, y para cuando decidí levantarme ya tenías todo listo. Tan natural en vos; digo, esa costumbre y exigencia de tener todo perfecto y ordenado. Angelical. Acá es donde, mi amor, yace la cuestión principal de esta tragedia: aquella que me inunda de pena; aquella que seguramente atormentará esta casa por el resto de los días.
Como bien sabés, la tarea de comprar el diario es habitualmente mía. Siempre lo fue. Pero por alguna razón, esta mañana algo en mí rogó romper la inercia, acabar con esa costumbre ridícula. Ya sé, suena pequeño, tonto. Hasta me avergüenza contarlo ahora. Pero igualmente te pedí a vos que cruzaras a comprarlo. Naturalmente accediste. Siempre con esa necesidad de complacer a los demás. Además algo tan ínfimo. Comprar el diario. Claro, podrías haberme dicho que no; pero no lo hiciste. Hacía mucho frío esta mañana, qué necesidad la tuya de hacerme caso, María. No es que quiera culparte, claro, pero me hubieras ahorrado tanta pena.
Aquí es cuando las cosas comienzan a escapar a mi humilde lógica.
Comprendo, sí, pero solo ahora, que la rutina representaba algo con lo que yo no podía vivir, pero que temía demasiado abandonar. [Múltiples oraciones tachadas, todas variaciones de la siguiente frase] Como si me aterrase el pensamiento de que otra persona pudiera encontrarla tirada por ahí y quisiese usarla en mi contra, ¿entendés? [Subrayado en el texto original] Por eso abracé esta pequeña rebeldía con tan insensata emoción. Hoy no iba a comprar el diario. No, no había ganado la guerra contra la cotidianidad, pero creí haber triunfado por lo menos en esta batalla. Hasta que escuché el grito.

[Garabatos ilegibles]

Tu grito.

Estimados policías o detectives o persona que haya de encontrar este patético testimonio: hoy a la mañana un hombre perdió el control de su vehículo unos metros antes de pasar por el frente de mi casa. El auto subió a la vereda, volcó por acción de un banco público, y aplastó a una María inmóvil, a una María a la que le gustaban los helados de frambuesa y las películas lacrimosas [sic]. A mi María. Mi objetivo no es darles pena, en absoluto. Lo que busco al plasmar en papel el último día de mi esposa es, en cierta forma, revivirla. Después de todo, y en lo que a este relato respecta, yo soy Dios todopoderoso, dueño de esta pluma y esta palabra;  de este papel y de su historia. ¿Por qué no habría de poder modificarla? Tranquilamente podría rescatarla en estas líneas. Podría escribir cómo a último momento ella supo esquivar milagrosamente el auto. Cómo en el hospital lograron salvarla de una muerte casi segura. Podría hacerlo; se me aparece como una manera de rescatar, por lo menos, una parte de [“nuestra” tachado] su alma.

Pero no, es todo una farsa.

[Los siguientes dos párrafos tienen múltiples borrones y tachaduras que no tiene sentido transcribir cada vez. Escritura tortuosa y apresurada]

A la larga comprendemos que la verdad se puede doblar, exagerar o incluso olvidar. Pero si hay algo que no puedo hacer ni siquiera investido por la gracia divina que me otorgan mi lapicera y este papel, es cambiarla. La verdad es que mi esposa está muerta. Sí, María está muerta. María está muerta y yo creo haber perdido la cordura. Veo a Troya caer, veo a Ulises llegando a la montaña del purgatorio y muriendo bajo ella. ¿O acaso era Dante? No, Dante es quien lo encuentra, pero yo no soy él, yo soy Ulises, y agonizo. La culpa me carcome y sé que me estoy volviendo loco, pero siento que hay algo detrás de todo esto. Algo casi tenebroso, digno de estos mitos griegos con los que trato de legitimar la tragedia que destrozó mi vida. Tal vez la misión de este texto no sea salvarte. Ahora adivino en tu muerte un esbozo, apenas un retazo del gigantesco tablero en el que todos somos a la vez espectador y pieza. Tal vez, y sólo tal vez, mi objetivo sea descifrar lo que estos sucesos representan. Después de todo, no puede ser una casualidad que a vos, María, que hacías de tus planes y rituales diarios la razón de tu vida, te haya aplastado la tragedia en el acto preciso de modificarlos. No, imposible verlo como un hecho azaroso. El mensaje, entonces, no podría ser más claro: “Acá estoy, olvidarlo no puedes” [sic] bramó ese orden divino que, por más que lo odiemos, rige las existencias. Pero eras tan inocente, y yo me culpo por tu muerte. Y no con esa culpa vacía de quien dice que podría haber hecho más pero no lo cree realmente, sino con la desazón demoledora de quien verdaderamente se cree actor necesario de una desgracia. Visto desde afuera, parece causalidad y no casualidad que yo te haya pedido, justamente hoy, que trajeras el diario a casa. No culparía a un espectador por sospechar de mí. Tampoco me tranquiliza saber que fue el gran esquema de las cosas poniéndonos a prueba. Yo soy parte de ese universo. Vivo en el universo que te mató. Ergo, yo te maté [Subrayado furioso]

Ahora tengo una teoría de este caos: hay un plan maestro ahí fuera. Claro que a veces no podemos verlo; pero en ocasiones nos permite espiar por una cerradura e intentar descifrar lo que hay del otro lado. Somos todos como engranajes, que se agrietan al no soportar la presión. Vos y yo no pudimos soportar la presión. ¿Me seguís, María? ¿Y vos, lector? La analogía es aplastante, tan aplastante y cristalina que no puedo evitar preguntarme si es ese el mensaje realmente.

[Garabatos ilegibles con posibles continuaciones tachadas. Se puede distinguir un “no me engañan”, también tachado, en un margen]

Es que todo indicaría que sí; pero es sabido que el universo no juega con mi lógica. Esto me obliga a articular una conclusión mucho más aterradora y egoísta… el castigado fui yo. Quise desafiar a la rutina, a ese esquema de mármol, y me quitaron lo que más quería. Fuiste el mero instrumento de un castigo vil y desmesurado que me deja acá, tan solo y tan insoportablemente culpable; no sólo por sentirme artífice del final, sino también por reconocer la envidia que me provoca tu muerte inocente y útil. Todo tan limpio, tan racional y caótico a la vez. Debo decir que si Dios no existe, lo disimula bastante bien. Porque yo sé que esto fue planeado de antemano. Estoy convencido de que fuiste brutalmente asesinada; aniquilada por el único ente al que no me atrevo a culpar: el universo. Es que como dije, al hacerlo tendría que incluirme como un cómplice más en esta tragedia. Fuimos vos y yo, lector, quien quiera que seas. Yo y vos [sic] tenemos las manos manchadas de sangre. Todos. Todos piezas clave de un plan maestro; invisible, excepto para la mente, divina o diabólica, que lo ideó. Esta es una carta de desesperación. Mi desesperación habita en dos palabras y una pregunta: ¿Por qué? Por qué yo, por qué vos, por qué hoy. Me siento diminuto frente a una verdad tan inmensa como inescrutable. Lo único que puedo hacer es dejarlo vencer, y permitirme soñar que por el resto de la eternidad vos y yo vamos a vivir para siempre, a vivir así como morimos hoy. Te amé como ["también" tachado] solo una persona irracional puede amar.
Tal vez sea este suicidio la única oportunidad que tenga de decidir algo por mí mismo. Seguramente no, pero me reconforta mi engaño.”



Los policías estaban visiblemente consternados. El informe declaraba que la anciana había muerto en el acto producto del accidente de tránsito, y que su esposo se había suicidado a las dos horas. Al entregarlo ambos se miraban, como sintiéndose extrañamente culpables. Los comprendí al leer la carta.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Canciones sin música

Roja la vida

Sopla el viento con olor a hielo;
sopla el viento con olor a redención.
¿Qué hay detrás del momento en que das todo lo que tenias?
¿Sería mucho pedir algo por que luchar?

Por tantas cosas dije que moriría
y ya no recuerdo.
Da vergüenza pensar
en las promesas que no fueron verdad.

El abrazo helado de la nieve no me deja ir.
La mejor amante, perdona que la tuve que herir
fabricando agujeros, que eran lagunas de muerte,
y roja la vida, fluía hacia el mar.

Por tantas cosas dije
que algún día volvería,
y ahora solo son fotos,
historias de papel.

Un pie detrás del otro
y la muerte queda atrás.
Un pie detrás del otro
me acercan al final.

No sé si tuve otra vida
que aquella en que todo es obedecer.
Es tonto, pero ya lo entregue todo
por cosas que no recuerdo bien.

El frío congela el alba.
No sé cuál es mi destino, pero lo pienso encontrar hoy.
Sopla el viento con olor a redención.
¿Cuántos pueden decir que se conocen como yo?

Desaparecen los días,
se desdobla el tiempo.
Todo se condensa
en un instante crucial.

¿Cumpliré la promesa de volver
a quienes ya no conozco?
O se hará justicia y moriré,
y la vida fluye al mar.


*

El hijo de las sombras

Soy la vergüenza que mata;
que quema y que atrapa.
La comida de las ratas,
el silencio que callás.

Soy todas las cosas que quedan
detrás de la humareda
de lo que prometiste
y no podés pagar.

Soy la dama que va de blanco,
cuando sabe hasta el hartazgo
lo que en la habitación
no se puede perdonar.

Y a vos te consume el miedo,
no de mí y no de esto,
sino de lo bien que te sentís;
y yo soy el mejor maestro.
Vivo dando el ejemplo
de lo fácil que es ser así.

Soy una cárcel de huesos.
Un guerrero de yeso
que grita y se proclama
como el mejor.

Soy un poeta muerto,
al que se le caen los versos
intentando que le crean
lo que no es verdad.

Y este es el camino que elijo;
no recuerdo quién lo dijo,
quién aconsejó que el corto es el mejor;
y vos te acercás a mi suerte.
Tranquila, que no duele la muerte,
cuando pasa el frío ya no hay qué temer.

Doy contestaciones perfectas.
Tengo todas las respuestas
cuando en realidad
no sé ni qué preguntás.

Desaparezco, soy
el hijo de las sombras.
Ese mal que nadie nombra
y que todos temen y aman por igual.

jueves, 10 de octubre de 2013

Tanto muere el General

Es fácil adivinar que este poema está inspirado en la novela "El General en su Laberinto", de Gabriel García Márquez. Creo que más que una novela histórica, esta obra es una gran caracterización; una descripción colosal y porosa de un personaje -Simón Bolívar- que ya por nuestros tiempos ha adquirido el carácter de mito.
Pero, además de eso, este libro es una gran tragedia, que refleja el desamparo colosal de un hombre agobiado por sueños que íntimamente sabe que ya no podrá cumplir.

No hay nada más desolador.


...

Tanto muere el General,
mil veces y una más.
Ya no quedan más remiendos
para hacerle a su recuerdo.

Está todo dispuesto
para un martirio noble;
un martirio orquestado,
y solo así ser salvado.

Rescatado de la ruina
de su enorme grandeza.
Se parten ya las espaldas,
de la historia y de su alma.

Todos menos el General
saben que ya se aproxima
el tiritante final de sus días,
tan solo otra batalla perdida.

Lo llorará el continente
que también clavó la daga,
de no ser jamás una sola
Nación hermana, alma toda.

El General toca los muros:
lo apresan; se deslizan.
Los roza y le lloran bajito;
solo en el alma están los gritos.

El General en su laberinto
de cabos sueltos, ya fríos.
De delirios sin calma
y de infinitos fantasmas.

Un laberinto de rosas.
Un laberinto inmenso y triste
que fue hecho con el acero
de lo que él creyó verdadero.

Una condena suicida
es tanto más desesperada:
el General murió por lo que amó
y que a él ya no lo amaba.

jueves, 3 de octubre de 2013

El bosque sumergido



No es usual que suba una imagen acompañando al texto, pero creo que en esta ocasión se justifica.

La génesis de este poema fue una excursión que hice con un amigo estando de viaje en el sur de la Argentina. Consistía en un paseo en lancha por un lago -el lago Traful- en el que, extrañamente, hay un bosque creciendo del agua.
Claro que esto no es realmente así; el bosque en verdad no crece. Está muerto. Un accidente geográfico provoca que los árboles de la ladera vayan ingresando lentamente al fondo del lago, a medida que la tierra en la que están asentados desbarranca y se desliza.
Ahora bien, hay un detalle que me parece no menor: en el instante en que las raíces del árbol tocan el agua, este muere instantáneamente. Por eso, en cierta forma lo que se aprecia es una verdadera caravana de cadáveres, de tumbas, sumergiéndose en el mismísimo cuerpo del que es su eterno verdugo.
Al ver esto, pensé en hacerlo poema. Quise, claro, que fuera un poema épico, colosal, como lo es el alma de ese lago. Que relacionase al bosque de piedra con nuestra propia vida; a sus ramas con nuestros sueños, la marea con el paso del tiempo que nos avasalla. Sus raíces con nuestro propio arraigo en el mundo, que se pierde a medida que nos hundimos, lentamente, en la sombra de lo que ansiamos pero nunca podremos conocer. Quise todo esto, y no supe hacerlo. Lo único que pude plasmar fue el asombro que produce la gracia divina de observar al mundo congelado en un instante.


...

Salían cual mitológicos dedos,
como de metal, las ramas del agua.
Siempre apuntando hacia el cielo
y creciendo desde la nada.

Hablaba el bosque sumergido
de aquel tiempo ya pasado,
en que la magia no era tal cosa
y nacían árboles del lago.

Había explicaciones, claro.
Había argumentos y teorías
de cómo una montaña entra al lago
y se convierte en bosque sin vida.

Pero poco importó la razón
al ver esas garras de acero,
que intentaban atrapar el agua
que se escapa, y todo de nuevo.

No, casi nada importó la razón:
aquí no había ciencia ni tiempo.
Era otra fuerza la que gobernaba
aquel bosque eternamente muerto.