domingo, 1 de septiembre de 2013

Textos en espiral VIII

VIII

“Estoy solo y no hay nadie en el espejo.”
Jorge Luís Borges

Borges ahondó múltiples veces en la temática de los espejos. Es fácil adivinar el terror que le provocaban estos “multiplicadores de mundos”, por llamarlos de alguna manera. Yo mismo me pregunte alguna vez si estas superficies no serían puertas; si nosotros mismos no nos encontramos ahora dentro del reflejo de otro mundo, más real que este (si es que se puede hablar de grados de realidad). Puede sonar cómico, pero tal vez el verdadero castigo de Drácula, que no tenía reflejo, era el de existir eternamente en un solo mundo, mientras nosotros podemos multiplicarnos y escapar hasta el infinito.
Una cuestión en la que caí recientemente es, por extraño que parezca, la naturaleza vital de los espejos. Muchas veces se ha discutido el efecto que su fría y metódica repetición en nosotros, la impotencia que nos hacen sentir al mostrarnos, sin reparos, cómo nos ven todos los demás. Pero, ¿qué sentirán ellos? Entes sin entidad, reproducen mundos que no habitan, y sobre los que no deciden absolutamente nada. Reflejan amor, dicha, tristeza y sensualidad, y no reciben nada a cambio.
En los dos siguientes textos (un poema y un cuento), mi propósito es examinar, de alguna manera, la problemática de un espejo que siente; la condena de vivir en otros y por otros, sin esencia propia. Tal vez nos haga sentir menos miedo y más compasión la próxima vez que apreciemos nuestro reflejo.

*

(Al espejo)

En una casa con cien hombres
yo tan solo tendría cien caras.
Cien carices de infinitas muecas;
secretos propios de cada mirada.

Son cada día cien amaneceres
y ni un detalle se me escapa.
Soy un hombre y los soy todos;
robo cien almas cada mañana.

Vivo cien días cada día que pasa;
cien sonrisas, y también cien muertes.
Un instante soy Otelo y el otro, Werther.

Cada día cien hombres me ignoran;
y se convencen, casi con altanería,
de ser ellos los únicos viviendo su vida.

*

- Bueno, pero el punto de lo que digo no es ese; es que a veces simplemente necesitás amarte a vos mismo. Verte en el espejo, y que te guste lo que ves. No; que te encante lo que ves. Creo que esa es la clave del éxito. Es imposible ser admirado y respetado, si tu mayor admirador no sos vos.
- Claro, sí, eso esta muy bien. Pero, ¿y si no te gusta lo que ves?
-Eso es fácil de solucionar. Te sorprenderían las cosas a las que te podés acostumbrar y de las que te podés convencer si en serio tratás.
Sorbió lentamente el café, mientras miraba por la ventana que daba a la calle. Al notar que su compañero no atinaba a responder nada, agregó una idea que le daba vueltas en la cabeza desde el instante en que había terminado de decir lo anterior:
- Lo que verdaderamente me preocuparía sería no saber lo que veo. Eso sí debe ser realmente aterrador.


-Pidamos la cuenta, que yo en un rato tengo que…
Pero se quedó completamente estático, sin terminar su frase.
-¿Que qué?
Lo que había pasado no era fácil de explicar. De hecho, hasta el día de hoy, este hombre no puede explicarlo sin sentirse un idiota; uno de esos tipos raros que creen en ovnis, vampiros y fantasmas. Por eso, después de unos años, dejó de relatar aquella tarde en la que se vio a sí mismo caminando por la calle.
Al principio dudó, mientras se levantaba tambaleante de la silla. Su compañero de trabajo lo miraba intrigado, pero él no reparó ni un segundo en su expresión. Trató de observar mejor al individuo que transitaba por la vereda de enfrente, pero el sobretodo, sombrero, y cuello de tortuga hasta casi la nariz le impedían verlo con detenimiento. Ni siquiera sabía qué lo había sorprendido tanto. La cara del hombre había sido levemente visible por menos de un segundo; y aún así, estaba convencido de que era él quien iba ahí caminando.
Sin pensarlo dos veces, salió corriendo del café hacia el circo frenético y caluroso de Talcahuano, mascullando en la carrera algún tipo de disculpa para su compañero, y tirándole lo que esperaba que fuese un billete de más de diez pesos.  Se sentía tonto, y la humedad le chorreaba pegajosa por la espalda. En un momento frenó, y se maldijo por la estupidez que estaba haciendo. ¿Era un niño o un adulto? Cosas así solo ocurrían en mundos de fantasía. No alcanzó a darse vuelta para regresar sobre sus pasos cuando, sin previo aviso, volvió a divisar aquel sombrero que se movía a paso tímido entre la multitud. Sus piernas automáticamente lo forzaron a correr nuevamente.
Al fin dio alcance a la misteriosa figura y, tomándolo del hombro como quien acaba de ver pasar a un viejo conocido, lo giró y lo miró a los ojos. El segundo que tardó el hombre en taparse la cara con el sombrero, darse la vuelta y salir corriendo fue más que suficiente. Nuestro oficinista ya tenía grabada en sus ojos la cara, su cara.
No persiguió más al sobretodo que se alejaba a toda velocidad, atropellando gente a su paso. Ya había visto más de lo que quería.





Juan Ignacio Spektor había nacido un 23 de abril de 1964. Su madre, naturalmente, lo recuerda como un día cálido y soleado. En realidad había sido una tarde nublada y algo húmeda, aunque sin lluvia; el cielo prefería guardar su baño helado para fechas más memorables. Como los protagonistas, jamás imaginó lo que estaba por ocurrir.
Es que nadie nunca podría haberlo hecho. El grito desgarrador e inconsolable de la madre de Juan; la mueca de asco del doctor. Ninguno de los presentes había visto en su vida una cosa similar. Y a la vez la veían a diario en su reflejo.
Porque lo sorprendente del bebe que sostenía la partera era que, para quien fuera que lo mirase, actuaba como un espejo perfecto. Este pequeño engendro podía tener precoz barba, desconcertantes pechos, o pelo canoso, todo a las pocas horas de haber nacido. Solo dependía de qué ojos se posaran en él.
Así es que el 23 de abril de 1964 nació lo que cualquier ser humano sensato no dudaría en llamar un monstruo.


- ¿Estás seguro de que nunca lo vas a intentar?
Miró fijo los anteojos negros de su compañero, buscando una mirada que no encontró, por lo que repitió una vez más la pregunta. El tibio sacudón de cabeza fue la respuesta más elocuente que podía llegar a esperar en ese momento.
Solo una vez Juan se había mostrado como realmente era frente a alguien que no fuese su madre, y había sido frente a Marcos. El grito ahogado y la mirada que recibió por parte de su amigo fueron suficientes para convencerlo de no dejarse ver nunca más sin sus vendas. Era natural que ahora estuviese tan contrariado: Marcos insistía con que debía salir a la calle sin su preciada protección, aunque fuese con un sombrero y un sobretodo, a lo que el otro se oponía rotundamente.
- No podés pasar la vida vendado Juan, algún paso alguna vez vas a tener que dar.
- Pero ponete en mi lugar, la vez que te lo mostré casi te desmayás.
- Fue por la expectativa; no sabía qué esperar. Si te vestís bastante tapado, ¿quién se va a dar cuenta? Acá en el centro todos andan en su mundo.
- No sé.
- Es eso o el espejo Juan.
Ante esto, nuestro protagonista le clavó una mirada penetrante de dolor, de esas que son con todo el cuerpo y alma, por lo que su amigo pudo percibirla a pesar de los anteojos negros.
Si mostrarse había sido un martirio para Juan, los espejos eran el infierno mismo. En sus treinticinco años de vida, jamás había conseguido mirarse en uno. Pero eso no impedía que habitasen hasta la última de sus pesadillas. Soñaba con el momento en el que se viese por primera vez como un condenado sueña con el momento en que lo ejecutarán. Una infinidad de posibilidades lo habían visto despertar abrumado entre sudor y gemidos: no ver nada; ver una cara que no sintiese como suya; ver cómo lo que tenía detrás de sí se repetía hasta el infinito, como si dos espejos se encontrasen. Le quemaba la incertidumbre, y la oscura posibilidad de que en el momento en que por fin se viese, se desatasen sobre él horrores aún peores que los que ya soportaba.
- Está bien, será salir con sombrero y sobretodo entonces, pero seguime a unos metros. No quiero que me mires todo el camino.



Corrió hasta sentir que sus pulmones se llenaban de lava. Se detuvo extenuado, y vomitó en la vereda. Sus piernas apenas podían sostenerlo; temblaban, al igual que el resto de su cuerpo. No podía creer que había confiado en lo que había dicho Marcos. Nunca más volvería a sacarse las vendas.
Ahora bien, hay momentos en los que el destino se manifiesta con una arrogancia tal que confunde a quienes no saben reconocerlo. Más de uno se ha preguntado cómo casualidades tan insólitas han conspirado a favor de algún personaje histórico; o, por el contrario, cómo ciertas circunstancias pueden darse de manera tan caprichosa, condenando hasta al más cauto de los hombres. El de Juan es un caso extraño, ya que nunca podremos concluir si el destino lo maldijo o lo favoreció.  Lo único que sabemos es lo que Marcos logró balbucear unos días más tarde.
“Yo venía caminando detrás de él, y ya había notado al hombre que lo venía siguiendo, pero no llegué a reaccionar antes de que le diese alcance y lo mirara de frente. Después de eso, fue todo vértigo. No me acuerdo bien para qué lado salió disparado. Cuando por fin lo vi a una cuadra, arrodillado y vomitando, dejé de correr, y seguí caminando hacia él. Supuse que no se iba a ir a ningún lado.
Ya estaba a unos pocos metros cuando vi que se paraba, y luego pasó lo que ya conté.”
Ahí era cuando Marcos comenzaba a tener dificultades para organizar su relato. No llegaba a comprender lo que había ocurrido inmediatamente después, como probablemente tampoco haya de entenderlo nunca alguno de nosotros.
Aparentemente, Juan se enderezó y miró la vidriera que estaba inmediatamente frente a él. No sorprende que, de entre todas las cosas que podrían haber sido, justo esa vidriera haya pertenecido a una casa de antigüedades. Tampoco extraña que precisamente ese día exhibiesen un enorme espejo victoriano en el frente del lugar. Este era el destino, haciendo lo que sabe hacer mejor.
Marcos solo pudo agregar entre sollozos que, mientras se miraba en el espejo, la expresión de su amigo tenía la paz de quien se ha entregado inexorablemente a la suerte. Las lágrimas en aquel rostro, que era su rostro después de todo, tan suyo como el que llevaba todos los días, fueron lo último que vio de su compañero. Porque a los pocos segundos, Juan Ignacio Spektor, de 43 años, sencillamente…





…se desvaneció en el aire.

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