¿Qué era? Era una estatua;
pero sé que estaba viva.
Pero no respiraba,
tal vez solo dormía;
o tal vez callaba,
nos callaba y reía.
Tantos años mirando
y tan pocos de vida.
Le pregunte lo que pude.
¿Hacía cuánto que era piedra?
¿Hacía cuánto que la cubrían
esos harapos de hiedra?
Pregunté y no respondió,
tan solo me desafiaba.
Intenté tocarle el rostro
y desvió la mirada.
Yo también me sentía de piedra
frente a su enorme quietud.
Sacrilegio mover los brazos;
sacrilegio quebrar su luz.
Su piel tan gris y pura
encandilaba la vista.
Me quemaban las pupilas
sus labios faltos de vida.
Y reí y después callé,
como ella siempre lo hacía;
me llenaba de terror
su pelo de mitología.
Corrí. Corrí hasta vomitar.
Corrí con piernas de roca.
Hasta donde había ruido y gente,
allí donde la dicha era poca.
Miento otro final
Rasguñando la memoria
sin saber cómo empezó.
Caminándote despacio
girando a tu alrededor.
Sé que ya no queda nada
en el resquicio de tu mirada.
Tropezándonos los dos
pensando en algo mejor.
Hubo un quiebre, hubo un fin
y el silencio se apodera;
me retuerzo sin gemir
buscando alguna manera.
De hacerte comprender
que soy todo lo que puedo.
Una niebla imaginaria
me estrangula entre sus dedos.
Y no se puede hablar
sin siquiera respirar,
sin siquiera respirar,
y a mí me persiguen las sombras.
Esperando que me lleves
sin mirar atrás.
Me habrás mentido una vez más.
No puedo disimular
lo que me pedís que sea.
Me quema el roce de tus dedos
y el de tu falsa entrega.
Máscaras de cuerda
animando nuestros gestos;
no recuerdo en qué momento
creí que querías esto.
Y ahora no soy quien
para correr de vos,
porque somos culpables los dos.
Tal vez la verdad nos lleve
a mirar atrás,
o tal vez mienta otro final.
Y no sé quién
de los dos perdió,
a quién lo embriagó el dolor.
Simulando una partida
que no va a llegar;
me habrás mentido una vez más.