martes, 27 de agosto de 2013

Textos en espiral IV

IV

“El único paraíso es el paraíso perdido”
Marcel Proust

La temática de la remembranza fue frecuentemente abordada por Marcel Proust a lo largo de su obra, particularmente en su magnum opus In Search of Lost Time. Este autor fue quien identificó, y diferenció, las dos caras que según él constituían la memoria; la voluntaria, que refiere a la que es ejercida intencionalmente, y la involuntaria, o “proustiana”, que refiere a aquella en la que imágenes son evocadas inconscientemente, consecuencia de un estímulo externo.
Sin embargo, esta clasificación peca por ser excesivamente inocente, tomando la memoria como un ente mecánico, casi ajeno a la condición humana. Cuesta imaginar algo más humano que el deseo de no recordar jamás, pero fracasar cada vez; o de intentar recordar hechos como no fueron, con la esperanza de que el mundo nos siga la corriente; o la amarga melancolía de quien no posee memorias dignas de ser desempolvadas. Estos matices caen fuera de la simple (o simplista) clasificación anterior.
El objetivo de este cuento, por más vil que parezca, es complejizar –ensuciar, si se quiere- la línea que divide las dos memorias propuestas por Proust. Es cierto que no se incluye una nueva clasificación, que debiera ser en última instancia el objetivo fundamental del texto, pero creo que la destrucción del viejo paradigma hace honor suficiente a esta compleja faceta del pensamiento humano.

*

“Ninguno de los dos sabe de qué color es el cielo”, rió para sí el pobre anciano, mientras miraba fijo a su nieto desde la cama del hospital. Había nacido un par de horas antes en esa misma clínica, y sus padres decidieron llevarlo ya con su abuelo, que se alojaba tres pisos por encima de la sala de maternidad. Había pasado allí más tiempo del que le hubiese gustado recordar; cinco largos años, según los registros médicos. Tenía una rara enfermedad terminal, de esas que matan “como las esposas”, tal y como solía decir él cuando todavía tenia fuerzas para hablar. Esto era, lenta y dolorosamente.
El viejo, que no quitaba la mirada de Francisco -así se llamaba el niño-, no podía evitar encontrar paralelismos entre su condición y la de la criatura. Ambos bordeaban los extremos de la vida; los dos tan blandos al tacto, frágiles, necesitados de atención. Aún así, y por mucho que intentase buscar otras ataduras circunstanciales, el anciano poco a poco advirtió que siempre terminaba cayendo en la que había cruzado su mente primero; antes dibujada como un chiste, ahora comenzando a convertirse en una verdadera condena. De esta forma, y luego de varios intentos frustrados de remembranza, se dio cuenta de que, verdaderamente, no podía recordar el color del cielo.
Sabía que era azul, -claro, eso lo sabe cualquiera- pero esta palabra le significaba a él lo mismo que a un ciego. ¿Qué es el color para aquél que nunca lo ha experimentado? Una incógnita y nada más.
Intentó observar el firmamento por la ventana, aún sorprendido por lo que le estaba ocurriendo; después de todo, ¿quién podía olvidar cómo lucía el cielo? Notó inmediatamente que un edificio corporativo bloqueaba cualquier tipo de vista. Se preguntó cómo no había apreciado aquella construcción antes, tomando en cuenta la pequeña eternidad que había visto pasar en aquella austera cama de hospital. Luego, su mirada volvió a cruzarse con la del bebe que su hija aún sostenía frente a él. Súbitamente, el anciano sintió una intensa envidia. La criatura tenía toda una vida para comprender qué era el azul en verdad; o incluso para escuchar el sonido del mar, o saborear el cosquilleo del pasto bajo sus pies jóvenes y descalzos.
¿Era posible olvidar aquellas sensaciones? Aparentemente sí, pues él no podía recordar ninguna ellas, y estaba bastante seguro de haberlas experimentado. Así, llegó a la amarga conclusión de que su estadía en ese mugroso hospital había borrado prácticamente todas sus memorias.
Pero había una que, extrañamente, había sobrevivido inmaculada, y que ahora ocupaba la totalidad de su mente. Esta imagen, aunque parezca imposible, era de sus primeras horas de vida, pero se le presentó tan vívida que podría haber tenido solo unos minutos de antigüedad. Nuestro protagonista abrazó aquel recuerdo como si este fuese la cura de todos sus males, y los años que se interponían entre aquel primer momento y el presente fueron borrados inmediatamente. Así, el anciano recordó el cálido abrazo de su madre, el blanco irreprochable del hospital, los aromas que lo confundían y mareaban; todo tan nuevo, tan enorme y luminoso. Tal vez en este recuerdo podría él encontrar aquel color que le era irremediablemente esquivo en los días cercanos a su muerte.
Se concentró, y creyó ver una ventana. Si tan solo su madre se moviese un poco más. Sí, había una ventana, de eso estaba seguro, pero, ¿podría ver el cielo? Comenzó a sentir una gran impotencia, hasta que por medio de un aparatoso movimiento consiguió, finalmente, vislumbrar aquel pedacito de mundo por un ínfimo instante. Devastadora fue su desilusión al notar que un edificio bloqueaba toda la visión.
El anciano volvió en sí. La memoria le había jugado una mala pasada, confundiendo aquél recuerdo puro de sus primeros días con su espantosa condición actual.  Lo único que le quedaba era bucear en su cabeza, muy probablemente en vano, a la merced de alguna pista, algún resquicio que hubiese pasado por alto, alguna memoria enterrada en el fondo de su mente, ahora vieja y oxidada. La sola idea de tal esfuerzo le resultó agobiante, por lo que nuestro protagonista finalmente se resignó. Nunca volvería a ver el firmamento en lo que le quedaba de vida, y estaba muy seguro de no poder recordar cómo lucía. Sin darle demasiada importancia a lo que hacía, nuestro protagonista observó al niño por última vez. Luego se acomodó como mejor pudo en su cama, e ingresó, tal vez voluntariamente, tal vez no, en un apetecible sueño, sumergiéndose cada vez más en la única imagen confiable que quedaba en su cabeza. Se abandonó así al abrazo de su madre, al calor de su cuerpo, y a la suavidad de sus manos perfumadas rozando su cara.
Esta vez, al no concentrarse tanto en la ventana, pudo observar que frente a él había un pobre anciano, recostado sobre una de las camas del hospital. Tenía los ojos cerrados y no se movía. Sin embargo, no llegó a constatar si estaba muerto o simplemente durmiendo, ya que su madre lo llevó fuera de la habitación, apresuradamente y entre sollozos. ¿Azul era el nombre del color? Súbitamente, las palabras empezaron a desvanecerse, a escapar de su cabeza; las pocas que quedaban se confundían en sonidos idénticos y primitivos. Intentó decirle a su madre que no caminase de manera tan brusca, pues podría lastimarlo. Se horrorizó al descubrir que no podía articular una sola frase coherente. Lo invadió una repentina desesperación, y sintió el peor tipo de claustrofobia, que es verse atrapado en el propio cuerpo, sin posibilidad de escapar.
Comenzó a llorar desconsoladamente, por lo que nunca logró apreciar el cielo azul que los cubría desde el momento en que habían salido del hospital.

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