lunes, 30 de septiembre de 2013

Soñando con verte

Ella le preguntó por esos días si era verdad,
como decían las canciones, que el amor lo podía todo.
"Es verdad", le contestó él, "pero harás bien en no creerlo".
"Del amor y otros demonios", Gabriel García Márquez


Te veo en mis sueños
hecha toda de espejos,
con ojos de vidrio
que miran de lejos.

No sé si sos cierta,
me cuesta atraparte.
Imposible saber
si sos de alguna parte.

Simulás una sombra;
y tu solo suspiro
a vivir me condena
sin más albedrío.

Una imagen de vida,
el desconsuelo respira,
y tus pies descalzos
de muerte vencida

me queman los ojos,
me queman el alma.
Cruentos mis labios
por buscar la salvia

de un monstruo imposible,
de una bestia admirable,
que de tan perfecta
nunca deja tocarse.

Y así te busco,
y nunca te encuentro.
Soñando con verte;
soñando despierto.

jueves, 26 de septiembre de 2013

Haya

La vida está hecha de aciertos y equivocaciones; momentos en los que intentamos definirla. Claro que jamás podremos: solo la vida se define a sí misma, y es tan caprichosa que para hacerlo elige los episodios más exiguos. Solo un minuto le basta para separar dos caminos, quebrar dos historias, y señalar al héroe, al príncipe, al feo y al mendigo.
La esencia es lo que queda cuando la reflexión se imposibilita y se cansan los reflejos. Una persona es lo que decide en ese segundo crucial en el que no interesa si el vaso está medio lleno o medio vacío, sino si alcanzará para sobrevivir el poco agua que quede.

Toda una vida de académico para definirse en una lucha armada. Cruz comprendiendo "que un destino no es mejor que el otro, pero que cada hombre debe acatar el que lleva adentro". Renunciar a la oportunidad de cruzar el puente para abrazarse con el despojo de nuestro verdadero rostro no es gratuito. El fuego de lo que se sabe cierto se consume en un instante y muere en su orgullo, pero la renegación es una brasa que quema al que la ignora hasta sumirlo en una total desesperación.

Llega un punto en el que todos nos reflejamos en lo que nuestra consciencia nos pide (o lo que sabe que puede pedirnos) y nos reconocemos en ese espejo. Ahí es cuando ninguna piel nos queda mejor que la que llevamos puesta.

*
                                       (...haya)

Un llanto para un dolorido;
una canción para quien quiera escuchar.
La muerte para aquel que la espera; 
el amor para quien no lo pueda matar.

Tornillos para quien tenga paciencia;
desorden sobre pulcritud militar.
La vergüenza para quien sepa reírla;
la risa para quienes no sepan odiar.

Los años para el que no tema perderlos,
la magia para quien no sepa creer;
y para aquel que pueda y no quiera:
magia, pero de la que se puede entender.

Un roto para un incomprendido;
risa tímida para quien quiera callar.
Un amigo para aquel que le sobren
las cosas que se pueden entregar.

Un roto para una pena imborrable.
Un llanto para quien quiera aprender
a querer por lo que se tiene frente.
Zapatos para quien siempre quiera volver.

*

¿"Prefiero reinar en el infierno a servir en el cielo"? Tal vez. Más preciso sería decir "prefiero ser un día, a no ser para siempre".

Ser o no ser.
Esa es la tensión.
La expresión. La razón de nuestro movimiento; el movimiento de nuestra razón. Tratanto de reconocer el instante en el que podamos actuar. Ser. O no ser.

Esa es la cuestión.

lunes, 23 de septiembre de 2013

El último encuentro

Opuestos, siempre enfrentados, se acercaban
en línea recta, furtivos, invisibles.
Disimulados, imperceptibles, se acechaban,
hasta estar a distancias imposibles.

No eran nada, lo eran todo; eso eran.
Los vestigios de las ruinas de pasión.
Hasta que se encuentran, y ya no bailotean,
y dan lugar a un triste y agrio adiós.

Son los suspiros de melancolía apresados,
y al mismo tiempo libres de volar;
exhalados por dos antiguos enamorados,
y que ahora eran lo único en ese lugar.

Porque las románticas siluetas ya habían partido,
dejando suspiros como su encuentro final.

sábado, 21 de septiembre de 2013

Giros

Una palabra me llama.
Una palabra sola me confunde.

                                      Me insta...

...a llamarte. Me convence. Y yo caigo.

Nada por aquí. Nada por                                  allá.


Insiste en que sos vos. Yo no lo sé pero ella sí lo sabe. Pero si es mía la palabra, ¿cómo puede saberlo ella y no yo?
O será que no son mías;
y será que ya existían.

Pero entonces, ¿dónde estaban las palabras antes de que yo las conociera?
¿Convenciendo a otras personas? Seguramente; susurrándoles en el oído que era aquí, que era ahora.
Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es así, ¿cómo? Si no soy yo, ¿quién? Me lo dicen. O me digo. Ambas cosas, supongo.

Me roban mi albedrío y me empujan hacia vos. Pero la que me grita en las entrañas es una sola. ¿Qué palabra?

Nosotros. Esa es la palabra y eso es lo que grita. Es gracioso pensarlo: me grita su propio nombre. Nosotros me grita que somos nosotros y nadie más. Parece tan segura que me conforta. Me arrulla su confianza. Como a un bebé, me mece y me dice las cosas que quiere que piense. Y yo le creo.


Y lloro

como llora un niño,
pero con el alma cansada.

Y rodamos

de día, de noche;
y hasta la madrugada.

Enlazados,

son puras caricias,
mientras nos lleva la brisa.

Mi vida

es rueda que gira
y cae a la nada misma.

Emociona, parecería ser mentira. Estando j
untos, hasta la nada brilla.

Pero en un giro me separo.

                                        Pero en una vuelta te pierdo.
                                                                                   Primero susurro a tu oído...

Luego ya grito, te ruego.



...


No fue por maldad que se quebró en mil pedazos
la vida que giraba sobre los verdes retazos.
Y caíste a mi lado, pero a un millón de instantes;
sonreímos aunque ya nada sería como antes.

¿Por qué? Yo lo sé.

Fue que se gastó la palabra, la cadena de oro. Está muerta la reina, ya no queda nada, se vacían las almas. Se quebró el nosotros.


domingo, 15 de septiembre de 2013

Siempre es triste la verdad

Siempre es triste la verdad,
lo que no tiene es entierro.
Son tan solitarios sus dedos;
de tan sencillos, moldean el hierro.
La privan del llanto,
de aquel sepulcro grandioso,
que contiene doradas esfinges
con sus pasados tenebrosos.
No tiene cantos la verdad,
no tiene viudas temblorosas.
Vive y grita sus versos
aunque molestan, incomodan.
El celeste manto de la épica
jamás cubrirá sus hombros;
es tan triste la verdad,
lo que no tiene es asombro.
Fácil es hacer decir
al muerto lo que uno quiera,
pero ella llora con la lava
de incorruptibles quimeras.
Siempre es clara la verdad,
pero no tiene guerreros.
Nunca hizo falta morir
por lo que ya se sabe cierto.

Nunca una guerra eterna,
nunca un caballo alado.
Tan cristalina la verdad,
lo que no tiene es libro santo.
Nadie lucha por ideas,
no hay mártir de obviedades;
las leyendas sangran más,
como sangran sus rituales.
No sé si quiero realidad,
vivir en ella es desgarrador.
Cuesta mirar con la razón
sin ahogar todo mi amor.
Tus dedos ya no son plateados;
tu pelo ya no es de almidón.
Quiero ahogarme en la mentira.
Quiero sombra de tanto sol.
Es tan cruel la realidad;
tal vez sea la última prueba.
Descubrir si añorarnos los dos
es mi verdad más duradera.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Invisible

Se dice que el interrogante final sobre el que se cimenta toda la filosofía es desentrañar la razón de nuestra existencia. Creo que allí hay un error, producto de nuestro optimismo e inocencia. Partir de la base de que hay una razón por la que vivir me suena más a deseo que a realidad. ¿Existirá verdaderamente semejante mandato divino que justifique nuestra permanencia en la tierra? Preferiría al menos saber que no lo hay, a esta torpe caricatura de profecía autocumplida.
Tal vez algunos axiomas nacen más en pos de nuestra propia salud mental que como producto de la honestidad intelectual de quienes los forjan. Ahora bien, que lo sepa un error no significa que sea un cínico: entiendo que no soy quién para culparlos.
El único consuelo que queda es pensar que existimos porque nadie lo mereció más que nosotros.

...

¿Somos porque somos
o es que somos porque nos miran?
¿Alcanza con tener sombra?
¿Tan poco arrogante es la vida?

Veo al mundo todo lleno
de irrealidad y espumosos lagos
¿Por qué es que soy yo más real
que cronopios, quimeras, magos?

Hay quienes pueden notar
en el mundo cosas que no existen.
También los hay quienes no pueden;
destinos igualmente tristes.

Unos porque ven a diario
lo que jamás habrán de tocar;
los otros por vivir solo de aire,
ver solo agua en el mar.

¿Y qué hay de los fantasmas
de los dragones, grifos, dioses?
Si yo quiero que ellos existan,
¿no es eso suficiente, entonces?

Es muy chica la vida
si alcanza con ser para tenerla.
Cuerpo y sombra hay que ganarlos,
y ahí sí existen las leyendas.

Ahí sí existen por necesarias,
por su enseñanza dorada y eterna.
Porque de repetirlas tantas veces
merecen que las creamos ciertas

Parecería lo más justo decir,
y que sea este mi corolario,
que somos todos invisibles
hasta que se demuestre lo contrario.

martes, 3 de septiembre de 2013

Poema del árbol

“Solo aspiro a tener la suerte de un árbol, y que morir tan solo sea pasar a ser útil de otra forma”

Ramas y hojas
de verdes nervaduras,
y ya baja el tronco
a las raíces impuras.

Un canto mudo
de sol y reflejos;
de sombras y cielo
y vientos perplejos.

Son un refugio,
son también fuego.
Son peones incansables
de nuestro propio juego.

Altruista individuo,
tus noches y tus días
hacen años enteros
de una cíclica vida.

Ramas y hojas,
y verde cansino,
de años y sueños
cada día cumplidos.

No hay magia al final
si tan solo has vivido;
no hay llanto ni pena,
ni tiempo perdido.

Se salda la deuda;
fue vida, hoy muerte.
Tan simple existencia,
sin goce, sin suerte.

Ramas y hojas,
verde y madera.
Un árbol, tan solo.
Un árbol cualquiera.

lunes, 2 de septiembre de 2013

Textos en espiral IX

IX

Es difícil concluir una serie de textos que tan marcadamente se oponen a cualquier tipo de final. Es interesante, aunque sea por solo unos instantes, notar los convenientes artificios y engaños que nos rodean. La forma en la que todo lo que no podemos ni queremos entender se empuja debajo de la alfombra de la realidad.
Los siguientes poemas cierran las ideas abarcadas por este conjunto de textos de la única manera que me pareció posible: hablando, primero, de la amargura que sentimos al reconocer los malabares mentales con los que intentamos hacer nuestro mundo más soportable; luego, del desconsuelo que es comprender que, por mucho que lo anhelemos, estas sombras de verdades jamás podrán cambiar verdaderamente la realidad. No creo que nadie pueda resumirlo mejor que mi viejo profesor de Física, que una vez me señaló: “Mi tragedia, y la de las ciencias, fue descubrir que pasa lo que pasa sencillamente porque, siendo las cosas como son, es lo único que podría pasar”.
Pero ya es suficiente introducción; es hora de volver a vivir:

“y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”
Jorge Luís Borges

*

Y abrí los ojos y comprendí
que aquellas torres de marfil,
que aquellas nubes de papel,
no eran más que un sueño vil.

Un simple engaño programado
que juega con lo que amo.
Me tortura con lo que más temo;
a fin de cuentas, humo lejano.

Odié como solo odia un niño,
y me prometí nunca más soñar.
Era mucho, demasiado dolor
abrir los ojos, y saborear el final.

Luego odié menos; poco, nada;
ya pesaban, mis ojos de madrugada.
Faltaban las fuerzas para pelear,
y en un instante, de vuelta soñaba.

*

…y así me encuentro hoy
en esta triste y tonta espera
de algún vestigio de magia,
secreto, ángel o quimera,

cuando ya sé muy bien
que la única ecuación verdadera
es que las cosas son como son
porque no pueden ser de otra manera.

domingo, 1 de septiembre de 2013

Textos en espiral VIII

VIII

“Estoy solo y no hay nadie en el espejo.”
Jorge Luís Borges

Borges ahondó múltiples veces en la temática de los espejos. Es fácil adivinar el terror que le provocaban estos “multiplicadores de mundos”, por llamarlos de alguna manera. Yo mismo me pregunte alguna vez si estas superficies no serían puertas; si nosotros mismos no nos encontramos ahora dentro del reflejo de otro mundo, más real que este (si es que se puede hablar de grados de realidad). Puede sonar cómico, pero tal vez el verdadero castigo de Drácula, que no tenía reflejo, era el de existir eternamente en un solo mundo, mientras nosotros podemos multiplicarnos y escapar hasta el infinito.
Una cuestión en la que caí recientemente es, por extraño que parezca, la naturaleza vital de los espejos. Muchas veces se ha discutido el efecto que su fría y metódica repetición en nosotros, la impotencia que nos hacen sentir al mostrarnos, sin reparos, cómo nos ven todos los demás. Pero, ¿qué sentirán ellos? Entes sin entidad, reproducen mundos que no habitan, y sobre los que no deciden absolutamente nada. Reflejan amor, dicha, tristeza y sensualidad, y no reciben nada a cambio.
En los dos siguientes textos (un poema y un cuento), mi propósito es examinar, de alguna manera, la problemática de un espejo que siente; la condena de vivir en otros y por otros, sin esencia propia. Tal vez nos haga sentir menos miedo y más compasión la próxima vez que apreciemos nuestro reflejo.

*

(Al espejo)

En una casa con cien hombres
yo tan solo tendría cien caras.
Cien carices de infinitas muecas;
secretos propios de cada mirada.

Son cada día cien amaneceres
y ni un detalle se me escapa.
Soy un hombre y los soy todos;
robo cien almas cada mañana.

Vivo cien días cada día que pasa;
cien sonrisas, y también cien muertes.
Un instante soy Otelo y el otro, Werther.

Cada día cien hombres me ignoran;
y se convencen, casi con altanería,
de ser ellos los únicos viviendo su vida.

*

- Bueno, pero el punto de lo que digo no es ese; es que a veces simplemente necesitás amarte a vos mismo. Verte en el espejo, y que te guste lo que ves. No; que te encante lo que ves. Creo que esa es la clave del éxito. Es imposible ser admirado y respetado, si tu mayor admirador no sos vos.
- Claro, sí, eso esta muy bien. Pero, ¿y si no te gusta lo que ves?
-Eso es fácil de solucionar. Te sorprenderían las cosas a las que te podés acostumbrar y de las que te podés convencer si en serio tratás.
Sorbió lentamente el café, mientras miraba por la ventana que daba a la calle. Al notar que su compañero no atinaba a responder nada, agregó una idea que le daba vueltas en la cabeza desde el instante en que había terminado de decir lo anterior:
- Lo que verdaderamente me preocuparía sería no saber lo que veo. Eso sí debe ser realmente aterrador.


-Pidamos la cuenta, que yo en un rato tengo que…
Pero se quedó completamente estático, sin terminar su frase.
-¿Que qué?
Lo que había pasado no era fácil de explicar. De hecho, hasta el día de hoy, este hombre no puede explicarlo sin sentirse un idiota; uno de esos tipos raros que creen en ovnis, vampiros y fantasmas. Por eso, después de unos años, dejó de relatar aquella tarde en la que se vio a sí mismo caminando por la calle.
Al principio dudó, mientras se levantaba tambaleante de la silla. Su compañero de trabajo lo miraba intrigado, pero él no reparó ni un segundo en su expresión. Trató de observar mejor al individuo que transitaba por la vereda de enfrente, pero el sobretodo, sombrero, y cuello de tortuga hasta casi la nariz le impedían verlo con detenimiento. Ni siquiera sabía qué lo había sorprendido tanto. La cara del hombre había sido levemente visible por menos de un segundo; y aún así, estaba convencido de que era él quien iba ahí caminando.
Sin pensarlo dos veces, salió corriendo del café hacia el circo frenético y caluroso de Talcahuano, mascullando en la carrera algún tipo de disculpa para su compañero, y tirándole lo que esperaba que fuese un billete de más de diez pesos.  Se sentía tonto, y la humedad le chorreaba pegajosa por la espalda. En un momento frenó, y se maldijo por la estupidez que estaba haciendo. ¿Era un niño o un adulto? Cosas así solo ocurrían en mundos de fantasía. No alcanzó a darse vuelta para regresar sobre sus pasos cuando, sin previo aviso, volvió a divisar aquel sombrero que se movía a paso tímido entre la multitud. Sus piernas automáticamente lo forzaron a correr nuevamente.
Al fin dio alcance a la misteriosa figura y, tomándolo del hombro como quien acaba de ver pasar a un viejo conocido, lo giró y lo miró a los ojos. El segundo que tardó el hombre en taparse la cara con el sombrero, darse la vuelta y salir corriendo fue más que suficiente. Nuestro oficinista ya tenía grabada en sus ojos la cara, su cara.
No persiguió más al sobretodo que se alejaba a toda velocidad, atropellando gente a su paso. Ya había visto más de lo que quería.





Juan Ignacio Spektor había nacido un 23 de abril de 1964. Su madre, naturalmente, lo recuerda como un día cálido y soleado. En realidad había sido una tarde nublada y algo húmeda, aunque sin lluvia; el cielo prefería guardar su baño helado para fechas más memorables. Como los protagonistas, jamás imaginó lo que estaba por ocurrir.
Es que nadie nunca podría haberlo hecho. El grito desgarrador e inconsolable de la madre de Juan; la mueca de asco del doctor. Ninguno de los presentes había visto en su vida una cosa similar. Y a la vez la veían a diario en su reflejo.
Porque lo sorprendente del bebe que sostenía la partera era que, para quien fuera que lo mirase, actuaba como un espejo perfecto. Este pequeño engendro podía tener precoz barba, desconcertantes pechos, o pelo canoso, todo a las pocas horas de haber nacido. Solo dependía de qué ojos se posaran en él.
Así es que el 23 de abril de 1964 nació lo que cualquier ser humano sensato no dudaría en llamar un monstruo.


- ¿Estás seguro de que nunca lo vas a intentar?
Miró fijo los anteojos negros de su compañero, buscando una mirada que no encontró, por lo que repitió una vez más la pregunta. El tibio sacudón de cabeza fue la respuesta más elocuente que podía llegar a esperar en ese momento.
Solo una vez Juan se había mostrado como realmente era frente a alguien que no fuese su madre, y había sido frente a Marcos. El grito ahogado y la mirada que recibió por parte de su amigo fueron suficientes para convencerlo de no dejarse ver nunca más sin sus vendas. Era natural que ahora estuviese tan contrariado: Marcos insistía con que debía salir a la calle sin su preciada protección, aunque fuese con un sombrero y un sobretodo, a lo que el otro se oponía rotundamente.
- No podés pasar la vida vendado Juan, algún paso alguna vez vas a tener que dar.
- Pero ponete en mi lugar, la vez que te lo mostré casi te desmayás.
- Fue por la expectativa; no sabía qué esperar. Si te vestís bastante tapado, ¿quién se va a dar cuenta? Acá en el centro todos andan en su mundo.
- No sé.
- Es eso o el espejo Juan.
Ante esto, nuestro protagonista le clavó una mirada penetrante de dolor, de esas que son con todo el cuerpo y alma, por lo que su amigo pudo percibirla a pesar de los anteojos negros.
Si mostrarse había sido un martirio para Juan, los espejos eran el infierno mismo. En sus treinticinco años de vida, jamás había conseguido mirarse en uno. Pero eso no impedía que habitasen hasta la última de sus pesadillas. Soñaba con el momento en el que se viese por primera vez como un condenado sueña con el momento en que lo ejecutarán. Una infinidad de posibilidades lo habían visto despertar abrumado entre sudor y gemidos: no ver nada; ver una cara que no sintiese como suya; ver cómo lo que tenía detrás de sí se repetía hasta el infinito, como si dos espejos se encontrasen. Le quemaba la incertidumbre, y la oscura posibilidad de que en el momento en que por fin se viese, se desatasen sobre él horrores aún peores que los que ya soportaba.
- Está bien, será salir con sombrero y sobretodo entonces, pero seguime a unos metros. No quiero que me mires todo el camino.



Corrió hasta sentir que sus pulmones se llenaban de lava. Se detuvo extenuado, y vomitó en la vereda. Sus piernas apenas podían sostenerlo; temblaban, al igual que el resto de su cuerpo. No podía creer que había confiado en lo que había dicho Marcos. Nunca más volvería a sacarse las vendas.
Ahora bien, hay momentos en los que el destino se manifiesta con una arrogancia tal que confunde a quienes no saben reconocerlo. Más de uno se ha preguntado cómo casualidades tan insólitas han conspirado a favor de algún personaje histórico; o, por el contrario, cómo ciertas circunstancias pueden darse de manera tan caprichosa, condenando hasta al más cauto de los hombres. El de Juan es un caso extraño, ya que nunca podremos concluir si el destino lo maldijo o lo favoreció.  Lo único que sabemos es lo que Marcos logró balbucear unos días más tarde.
“Yo venía caminando detrás de él, y ya había notado al hombre que lo venía siguiendo, pero no llegué a reaccionar antes de que le diese alcance y lo mirara de frente. Después de eso, fue todo vértigo. No me acuerdo bien para qué lado salió disparado. Cuando por fin lo vi a una cuadra, arrodillado y vomitando, dejé de correr, y seguí caminando hacia él. Supuse que no se iba a ir a ningún lado.
Ya estaba a unos pocos metros cuando vi que se paraba, y luego pasó lo que ya conté.”
Ahí era cuando Marcos comenzaba a tener dificultades para organizar su relato. No llegaba a comprender lo que había ocurrido inmediatamente después, como probablemente tampoco haya de entenderlo nunca alguno de nosotros.
Aparentemente, Juan se enderezó y miró la vidriera que estaba inmediatamente frente a él. No sorprende que, de entre todas las cosas que podrían haber sido, justo esa vidriera haya pertenecido a una casa de antigüedades. Tampoco extraña que precisamente ese día exhibiesen un enorme espejo victoriano en el frente del lugar. Este era el destino, haciendo lo que sabe hacer mejor.
Marcos solo pudo agregar entre sollozos que, mientras se miraba en el espejo, la expresión de su amigo tenía la paz de quien se ha entregado inexorablemente a la suerte. Las lágrimas en aquel rostro, que era su rostro después de todo, tan suyo como el que llevaba todos los días, fueron lo último que vio de su compañero. Porque a los pocos segundos, Juan Ignacio Spektor, de 43 años, sencillamente…





…se desvaneció en el aire.