V
El texto anterior habló de la memoria, que
podría entenderse como una eternidad accidental y caprichosa, contaminada por
el juicio de lo finito. Pero esta
perpetuidad no es sino una ilusión. Los recuerdos como tales mueren con quien
los guarda; nadie podría ser tan inocente de pensar que siquiera dos
personas han de rememorar un hecho de la misma manera.
Las ruinas, en cambio, son pasado vivo. Exponentes de un tiempo que ya no está, su interpretación puede variar, pero su
entidad es inopinable. El monumento que perdura es la máxima forma de recuerdo
imperecedero; expresa magistralmente el deseo de auto-perpetuarse, sino
físicamente, aunque sea en el imaginario colectivo.
Que la motivación que las genera sea tan cercana solo puede humanizarlas; humanizarlas solo puede hacerlas más
monstruosas.
*
¿Por qué dan miedo
las ruinas?
¿Qué tememos de sus
ásperos secretos?
Eternas y ayer
sagradas, nunca obran;
no son tumbas, más bien
son esqueletos.
Miran, siempre tan
frías y altaneras;
ríen con soberbia del
paso del tiempo.
Lo vieron todo, pero
no vivieron nada;
están vacías, pero llenas
de universo.
¿Será que dan miedo
por ser humanas?
Majestuosas, mientras
caen a pedazos.
¿Será que dan miedo
por ser nuestras?
Forjadas con nuestros
propios brazos.
Solitarias, nos
obligan también a serlo;
contemplarlas es como
mirar el abismo.
Algún día incluso yo
seré una ruina,
quizás solo me
observo a mí mismo.
El Coliseo es
monstruo y es asombro,
solo depende del
despojo que lo ve.
Tal vez no me dan
miedo las ruinas,
tal vez solo le temo a mi ser.
tal vez solo le temo a mi ser.
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