miércoles, 28 de agosto de 2013

Textos en espiral V

V

El texto anterior habló de la memoria, que podría entenderse como una eternidad accidental y caprichosa, contaminada por el juicio de lo finito.  Pero esta perpetuidad no es sino una ilusión. Los recuerdos como tales mueren con quien los guarda; nadie podría ser tan inocente de pensar que siquiera dos personas han de rememorar un hecho de la misma manera.
Las ruinas, en cambio, son pasado vivo. Exponentes de un tiempo que ya no está, su interpretación puede variar, pero su entidad es inopinable. El monumento que perdura es la máxima forma de recuerdo imperecedero; expresa magistralmente el deseo de auto-perpetuarse, sino físicamente, aunque sea en el imaginario colectivo.
Que la motivación que las genera sea tan cercana solo puede humanizarlas; humanizarlas solo puede hacerlas más monstruosas.

*

¿Por qué dan miedo las ruinas?
¿Qué tememos de sus ásperos secretos?
Eternas y ayer sagradas, nunca obran;
no son tumbas, más bien son esqueletos.

Miran, siempre tan frías y altaneras;
ríen con soberbia del paso del tiempo.
Lo vieron todo, pero no vivieron nada;
están vacías, pero llenas de universo.

¿Será que dan miedo por ser humanas?
Majestuosas, mientras caen a pedazos.
¿Será que dan miedo por ser nuestras?
Forjadas con nuestros propios brazos.

Solitarias, nos obligan también a serlo;
contemplarlas es como mirar el abismo.
Algún día incluso yo seré una ruina,
quizás solo me observo a mí mismo.

El Coliseo es monstruo y es asombro,
solo depende del despojo que lo ve.
Tal vez no me dan miedo las ruinas,
tal vez solo le temo a mi ser.

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