IX
Es difícil concluir una serie de textos que
tan marcadamente se oponen a cualquier tipo de final. Es interesante, aunque sea por solo unos instantes, notar los convenientes artificios y engaños
que nos rodean. La forma en la que todo lo que no podemos ni queremos entender
se empuja debajo de la alfombra de la realidad.
Los siguientes poemas cierran las ideas abarcadas
por este conjunto de textos de la única manera que me pareció posible:
hablando, primero, de la amargura que sentimos al reconocer los malabares mentales con
los que intentamos hacer nuestro mundo más soportable; luego, del
desconsuelo que es comprender que, por mucho que lo anhelemos, estas sombras de
verdades jamás podrán cambiar verdaderamente la realidad.
No creo que nadie pueda resumirlo mejor que mi viejo profesor de Física, que
una vez me señaló: “Mi tragedia, y la de las ciencias, fue descubrir que pasa
lo que pasa sencillamente porque, siendo las cosas como son, es lo único que
podría pasar”.
Pero ya es suficiente introducción; es hora
de volver a vivir:
“y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos
habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres,
pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”
Jorge Luís Borges
*
Y abrí los
ojos y comprendí
que aquellas
torres de marfil,
que aquellas
nubes de papel,
no eran más
que un sueño vil.
Un simple
engaño programado
que juega con lo que amo.
Me tortura
con lo que más temo;
a fin de
cuentas, humo lejano.
Odié como
solo odia un niño,
y me prometí
nunca más soñar.
Era mucho,
demasiado dolor
abrir los
ojos, y saborear el final.
Luego odié menos;
poco, nada;
ya pesaban, mis
ojos de madrugada.
Faltaban las
fuerzas para pelear,
y en un
instante, de vuelta soñaba.
*
…y así me encuentro hoy
en esta
triste y tonta espera
de algún
vestigio de magia,
secreto, ángel
o quimera,
cuando ya sé muy bien
que la única
ecuación verdadera
es que las
cosas son como son
porque no pueden ser de otra manera.
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