Una palabra sola me confunde.
Me insta...
...a llamarte. Me convence. Y yo caigo.
Nada por aquí. Nada por allá.
Insiste en que sos vos. Yo no lo sé pero ella sí lo sabe. Pero si es mía la palabra, ¿cómo puede saberlo ella y no yo?
O será que no son mías;
y será que ya existían.
Pero entonces, ¿dónde estaban las palabras antes de que yo las conociera?
¿Convenciendo a otras personas? Seguramente; susurrándoles en el oído que era aquí, que era ahora.
Si no es ahora, ¿cuándo? Si no es así, ¿cómo? Si no soy yo, ¿quién? Me lo dicen. O me digo. Ambas cosas, supongo.
Me roban mi albedrío y me empujan hacia vos. Pero la que me grita en las entrañas es una sola. ¿Qué palabra?
Nosotros. Esa es la palabra y eso es lo que grita. Es gracioso pensarlo: me grita su propio nombre. Nosotros me grita que somos nosotros y nadie más. Parece tan segura que me conforta. Me arrulla su confianza. Como a un bebé, me mece y me dice las cosas que quiere que piense. Y yo le creo.
Y lloro
como llora un niño,
pero con el alma cansada.
Y rodamos
de día, de noche;
y hasta la madrugada.
Enlazados,
son puras caricias,
mientras nos lleva la brisa.
Mi vida
es rueda que gira
y cae a la nada misma.
Emociona, parecería ser mentira. Estando juntos, hasta la nada brilla.
Pero en un giro me separo.
Pero en una vuelta te pierdo.
Primero susurro a tu oído...
Luego ya grito, te ruego.
...
No fue por maldad que se quebró en mil pedazos
la vida que giraba sobre los verdes retazos.
Y caíste a mi lado, pero a un millón de instantes;
sonreímos aunque ya nada sería como antes.
¿Por qué? Yo lo sé.
Fue que se gastó la palabra, la cadena de oro. Está muerta la reina, ya no queda nada, se vacían las almas. Se quebró el nosotros.
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