Pero, además de eso, este libro es una gran tragedia, que refleja el desamparo colosal de un hombre agobiado por sueños que íntimamente sabe que ya no podrá cumplir.
No hay nada más desolador.
...
Tanto muere el General,
mil veces y una más.
Ya no quedan más remiendos
para hacerle a su recuerdo.
Está todo dispuesto
para un martirio noble;
un martirio orquestado,
y solo así ser salvado.
Rescatado de la ruina
de su enorme grandeza.
Se parten ya las espaldas,
de la historia y de su alma.
Todos menos el General
saben que ya se aproxima
el tiritante final de sus días,
tan solo otra batalla perdida.
Lo llorará el continente
que también clavó la daga,
de no ser jamás una sola
Nación hermana, alma toda.
El General toca los muros:
lo apresan; se deslizan.
Los roza y le lloran bajito;
solo en el alma están los gritos.
El General en su laberinto
de cabos sueltos, ya fríos.
De delirios sin calma
y de infinitos fantasmas.
Un laberinto de rosas.
Un laberinto inmenso y triste
que fue hecho con el acero
de lo que él creyó verdadero.
Una condena suicida
es tanto más desesperada:
el General murió por lo que amó
y que a él ya no lo amaba.
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