jueves, 3 de octubre de 2013

El bosque sumergido



No es usual que suba una imagen acompañando al texto, pero creo que en esta ocasión se justifica.

La génesis de este poema fue una excursión que hice con un amigo estando de viaje en el sur de la Argentina. Consistía en un paseo en lancha por un lago -el lago Traful- en el que, extrañamente, hay un bosque creciendo del agua.
Claro que esto no es realmente así; el bosque en verdad no crece. Está muerto. Un accidente geográfico provoca que los árboles de la ladera vayan ingresando lentamente al fondo del lago, a medida que la tierra en la que están asentados desbarranca y se desliza.
Ahora bien, hay un detalle que me parece no menor: en el instante en que las raíces del árbol tocan el agua, este muere instantáneamente. Por eso, en cierta forma lo que se aprecia es una verdadera caravana de cadáveres, de tumbas, sumergiéndose en el mismísimo cuerpo del que es su eterno verdugo.
Al ver esto, pensé en hacerlo poema. Quise, claro, que fuera un poema épico, colosal, como lo es el alma de ese lago. Que relacionase al bosque de piedra con nuestra propia vida; a sus ramas con nuestros sueños, la marea con el paso del tiempo que nos avasalla. Sus raíces con nuestro propio arraigo en el mundo, que se pierde a medida que nos hundimos, lentamente, en la sombra de lo que ansiamos pero nunca podremos conocer. Quise todo esto, y no supe hacerlo. Lo único que pude plasmar fue el asombro que produce la gracia divina de observar al mundo congelado en un instante.


...

Salían cual mitológicos dedos,
como de metal, las ramas del agua.
Siempre apuntando hacia el cielo
y creciendo desde la nada.

Hablaba el bosque sumergido
de aquel tiempo ya pasado,
en que la magia no era tal cosa
y nacían árboles del lago.

Había explicaciones, claro.
Había argumentos y teorías
de cómo una montaña entra al lago
y se convierte en bosque sin vida.

Pero poco importó la razón
al ver esas garras de acero,
que intentaban atrapar el agua
que se escapa, y todo de nuevo.

No, casi nada importó la razón:
aquí no había ciencia ni tiempo.
Era otra fuerza la que gobernaba
aquel bosque eternamente muerto.

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